Vecinos… una historia de sexo

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sexo con vecinos

 

Somos vecinos de puerta con puerta. Lleváis casi dos años viviendo al lado nuestro.

La primera vez que os vi me impresionasteis: recién casados, jóvenes, guapos, simpáticos, Me presenté y me ofrecí para cualquier cosa, como se suele hacer en estos casos.

Contigo coincido más y, cada vez que pasa, mi corazón da un vuelco. Me encanta oler tu perfume alegre que inunda el ascensor, tu forma de sonreír al darme los buenos días.

Te miro con deseo disimulado. Mis ojos no pueden evitar recorrer tu cuerpo adivinando tus formas. ¡Cuántas veces te he imaginado desnuda!

Creo que lo sabes. Te gusta sentirte deseada.

El último verano, coincidíamos en la piscina y tus formas voluptuosas bajo el diminuto biquini me volvían loco de deseo. Yo te miraba sin disimulo y tu respondías a mis miradas con descaro.

Un día pasé a vuestra casa con la excusa de comentaros algo de la comunidad. Me abrió tu marido y me invitó a pasar al salón. Tras charlar un rato entraste tú. Salías del baño con una toalla alrededor de tu cuerpo y otra atada a la cabeza. No te habías dado cuenta de que había visita.

No pude evitar recorrer tu cuerpo con la mirada. Estabas increíblemente seductora, tan natural, tan en tu intimidad. Tu sonrisa inundó el salón. Te disculpaste un momento para vestirte, mientras decías a tu marido que me ofreciera algo de beber. Charlamos de cosas intrascendentes tomando unas cervezas.

Al rato apareciste, espectacular. Unos vaqueros ajustados marcaban tu figura así como un jersey negro ceñido y con un escote de vértigo. Unas botas de caña sobre los pantalones te daban un toque más sensual si cabe. Para rematar, tu cabello aún mojado, peinado y luego recogido en una larga cola, te daba un aspecto de amazona intrépida.

-¿Teníais pensado salir? -pregunté.
-No, ¿por qué lo dices? –me respondiste directamente tu
-Como te veo tan arreglada…
-Me gusta sentirme a gusto aunque no salga –contestaste mientras te acercabas al sofá donde yo estaba y te sentabas a mi lado. Tu marido ocupaba un sillón orejero frente a nosotros.

Continuamos nuestra charla sobre mil y una cosas sin darme cuenta que el tiempo volaba.

-Te quedarás a cenar -preguntaste.
-No quisiera ser una molestia -respondí.
-De ningún modo, tu te quedas -afirmaste rotundamente con una mirada ante la cual no cabía decir que no.
-Cielo, ve preparando algo de picar mientras yo abro una botella de vino –ordenaste- ¿Te gusta el vino?
-Me encanta una copa de buen tinto y una conversación agradable en buena compañía -respondí mientras me costaba horrores desviar mis ojos de tu escote.

En pocos minutos, estábamos disfrutando de una agradable velada entre risas potenciadas por vuestro magnífico vino, mientras la conversación discurría por terrenos cada vez más excitantes.
Hablábamos de nuestras fantasías. Mientras dejabas tu mano sobre mi muslo y, mirándome a los ojos, dijiste:

-Mi mayor fantasía es que mi marido mire y se masturbe mientras me lo paso en grande con un desconocido.

De pronto, toda la sangre de mi cuerpo se agolpó en mi cabeza y bajó de golpe a mi entrepierna provocándome una erección que amenazaba con hacer estallar los botones del pantalón.

Tu mano comenzó a moverse sigilosamente sobre mi muslo hasta alcanzar el bulto ya imposible de disimular. Un poco cortado, y sin saber qué hacer, miré hacia tu marido, que me guiñó un ojo en un gesto de asentimiento.

Nos miramos los tres con una sonrisa cómplice en nuestros labios, mientras tus hábiles dedos soltaban los botones de mi pantalón haciendo salir como un resorte mi polla totalmente empalmada.

Sin dejar de mirar a tu marido, comenzaste a acariciarla con la yema de tus dedos de abajo a arriba, muy suavemente. Yo aventuré una de mis manos por tu escote hasta acariciar tu pecho, erguido y turgente.

Con un movimiento rápido, te quitaste el jersey y pude contemplar la hermosura de tu vientre liso, la belleza de tus pechos hinchados y tus desafiantes y sonrosados pezones que acercaste a mi boca.

Te arrodillas sobre el sofá y agarras fuertemente mi polla comenzando a masturbarla. Yo acerco mi mano a tu culo y comienzo a acariciarlo sobre la tela del vaquero pasando mi mano sobre sus redondeces primero, y por tu entrepierna caliente después, mientras continuo saboreando tus tetas tentadoras.

Tu no dejas de mirar a tu marido que, reclinado en el sillón, ya tiene su pantalón desabrochado y ha comenzado a acariciar la enorme prominencia que resalta bajo su slip.

Mi mano se desliza hábilmente hacia tu vientre y suelta el botón de tu cintura dejando el pantalón más holgado, lo que me permite deslizar mi mano por su interior y tocar la piel de tu culito firme hasta llegar a tu ya húmeda rajita que tiento sobre la tela de tu braguita.

Como si hubiese tocado un resorte secreto, tu lengua comienza a recorrer mi verga desde la raíz hasta su boquita humedecida, en una larga secuencia que me vuelve loco de placer. Observas el asta de tu marido enhiesta y desafiante que sostiene entre las dos manos y comienza a acariciarse.

-Mira como disfruta entre mis labios, cielo -susurras con tu voz más sensual y tu mirada más lasciva a la vez que engulles mi capullo y lo saboreas como si de un chupa-chups se tratara.

Yo me siento en el séptimo cielo a la vez que soy un vehículo de vuestra pasión desatada. Cada caricia de tu boca va dedicada a él y él se siente como si se estuviera teletransportado. Como si yo fuera él…

Te incorporas y terminas de quitarte la ropa mientras le dices a tu marido:

-Quiero que veas como me folla, amor. Quiero ver la carita que pones mientras clava su pollón en mi rajita. Mmmm mira que empapada estoy –le dices mientras pasas tus dedos por tu coñito.

Yo te suplico que te vuelvas a poner las botas. Quiero follarte con tus botas de caña puestas. Me da mucho morbo.

Asientes y te las vuelves a poner sobre tus finas pantorrillas. Apuntalas bien los altos tacones en el suelo, agarras mi polla con tu mano derecha y comienzas a sentarte sobre ella de espaldas a mí. Puedo ver como entra mi capullo apartando tus labios entre las dos perfectas montañas de tu culo.

Entro en ti, en tu abismo del placer, cálido y aterciopelado. Te la clavas toda hasta el fondo y masajeas mis pelotas. Tu marido continua masturbándose mientras os miráis ardientemente frente a frente.

Te inclinas hacia atrás apoyando tus manos sobre mi pecho y clavas los tacones sobre el sofá a la vez que abres tus piernas totalmente y comienzas a saltar sobre mi.

-Joder que polla tiene, cariño. Me encanta casi tanto como la tuya. Me gusta como me folla. Me gusta sentirla bien adentro -exclamas, mientras no paras de bombear.

Ahora me la coges con la mano y te la restriegas totalmente empapada de tus jugos por toda la entrada de tu coño, que abres bien con tu otra mano.

Un espectáculo digno de ver, que tu marido está disfrutando a tope.

Vuelves a hincártela hasta la empuñadura y comienzas a masturbarte ferozmente al mismo ritmo que tu marido hasta que un orgasmo explota en tu interior.

-Me corro amor, mira como me corro -dices mientras tu marido observa extasiado tu orgasmo con otro hombre. Es otro el que te da placer y no él, es otro el que te folla y eso le vuelve loco.

Estás fuera de ti y quieres más, la situación te ha puesto como una moto y ya estás dispuesta a todo.

Saltas de mí y te arrodillas a cuatro patas sobre el sofá con tu culito salvaje en pompa gritando.

-Quiero que violes mi culito. Quiero que me la metas en mi culito virgen que tantas veces he negado a mi marido.

Al mismo tiempo llenas de saliva tus dedos y los llevas a tu agujerito cerrado que ahora comienza a abrirse al recibir las caricias y envites que le propinas.

Yo, ni corto ni perezoso, me lanzo a ayudarte en la tarea y hundo mi lengua en tu agujero negro que se abre gustoso al sentirla.

-Mira como me come el culito, amor, me pone muy cachonda. Estoy como una perra en celo, sólo deseo que me la clave y que me rompa el culo con esa polla tan rica que tiene.

Al oír estas palabras, mi miembro se endureció aún más, lo agarré palpitante con mi mano y comencé a introducirlo en tu culo que se abría morbosamente para recibirlo.

Conseguí meterte todo el ancho glande sin resistencia y tu anillo goloso se cerró a su paso. ¡Qué placer me haces sentir! Comienzo a empujar lentamente arrancándote gritos de dulce tormento. Tu espalda se moja con minúsculas gotitas de sudor, sudor frío que recorre tu piel hasta concentrarse en tu violentado agujerito.

¡Qué locura! ¡Cómo te siento! Mi polla totalmente aprisionada por las paredes de tu culo en un contacto total milímetro a milímetro. Me siento como un explorador en tierras vírgenes.

-Joder tío. ¡Vaya culo tiene tu mujer! Me encanta follármelo, tan apretadito. ¿En serio que no se lo has follado nunca?

-Cállate y fóllame duro ¡Vamos!, Reviéntame el culo hasta que no pueda más. Te lo suplico, dale, dale.

Yo comienzo a bombear como un poseso, clavando mis uñas en tus cachetes duros como piedras. Tus gritos salvajes inundan el salón, estoy seguro que te puede oír todo el edificio. Mis dedos bailan frenéticos sobre tu coñito, aumentando el goce aún más si cabe. Tu marido se acerca a ti, todavía masturbándose y se coloca frente a tu cara.

-Así, amor. Quiero que te corras en mi cara. Quiero sentir tu ardiente jugo sobre mi piel, sobre mis labios, en mi boca. Córrete conmigo, los dos juntos, espérame, así, ya, ahhh, ya viene, ohhh, joder, joder, me corro, ohhh, que suplicio, ahhhh, ahhhhhhhh, ummmmmmmmmmmmmmmmm.

Tu espalda se arquea en un espasmo brutal, mientras las paredes de tu ano se cierran sobre mi polla como queriendo estrangularla. Abro los ojos y observo la escena de verte duchada por enormes chorros de semen de tu marido que intentas recoger a duras penas con tu lengua.

Pierdo el control totalmente y me dejo llevar arrojando ríos de lava ardiente al fondo de tu culo que ya rezuman al instante ante la falta de espacio.

Caemos rendidos sobre el sofá, todavía dentro de ti y te dedicas a besar la polla aún palpitante de tu marido, recogiendo los restos de leche con tu lengua.

Desde ese día paso muchas horas en vuestra casa. Cualquier excusa es buena para invitarme a pasar o para autoinvitarme. Así como quien no quiere la cosa.

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