Tarde en Palacio

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sexo en julio

 

Dos versiones, un mismo encuentro.


Al fin pudimos quedar. Lola tenía unos días de vacaciones y volvía a España, así me lo hizo saber y sus ganas de quedar conmigo y conocernos aunque sólo fuera para tomar un café. Sabía de sus muchos y lógicos compromisos familiares y de amistades. Yo tampoco tenía unos días fáciles, pero nuestra voluntad de vernos superó todos los obstáculos.

Y allí estaba yo, la víspera de su regreso a Buenos Aires esperándola en la boca de metro de Ópera. Una maravillosa tarde de Julio, nada calurosa. La ví subir presurosa las escaleras. Nos reconocimos al instante. Dos besos tiernos y un abrazo cálido fué nuestro saludo. Mi primera impresión fué de que ya nos conocíamos. Lo sentí como un reencuentro con una vieja amiga.

Desde el primer instante comenzamos a hablar como continuando una conversación sin terminar de días atrás. Andando nos dirigimos a la terraza de La Taberna del Alabardero al lado del Teatro Real y nos pedimos unas cañas. Sentí un impulso de cogerle la mano. Ella me la entregó encantada. Sentados uno al lado del otro conversamos de mil y una cosas.

Sus ojos curiosos me observaban mientras charlábamos, yo me perdía en ellos de vez en cuando intentando llegar a su interior tan atrayente. Nos contamos nuestra vida y milagros en una charla amena y divertida. Me sentí muy cercano a ella, muy a gusto. Mi mano entrelazada a la suya se posó relajada sobre la piel de melocotón de su muslo apenas oculto por una escandalosa minifalda vaquera. 

Una vez terminadas nuestras cervezas decidimos cambiar de sitio para comer algo. Fue en ese momento cuando nos disponíamos a levantarnos cuando tomé su cara entre mis manos y acerqué mis labios a los suyos. Se juntaron en un jugoso beso que me supo a gloria.

Caminamos por las estrechas calles bajo un sol radiante. Me sentía tan libre y a gusto que paramos varias veces para besarnos apasionadamente como dos adolescentes enamorados. Sentí sus dedos acariciar mi espalda de una manera que me erizó. Yo acariciaba su nuca. Al final llegamos a la plaza de San Miguel. En la terraza semivacía descansaban algunos turistas.

Estábamos totalmente ajenos al mundo, en nuestra nube. Ahí comenzó todo, con los calamares… 

Pedimos una ración de calamares. Yo me dispuse a exprimir el limón sobre ellos. Restos del zumo se quedaron entre mis dedos. Lola y yo nos miramos ´como leyéndonos el pensamiento y se los ofrecí. Sentí sus labios alrededor de mis dedos, su lengua acariciante saboreando el delicioso limón. De repente me di cuenta que su pié desnudo se deslizaba sobre el mío. Qué sensación más enervante.

Entre el sol, las cañitas y el dedo humedecido de Lola acariciando mi oreja estaba en una nube de sensualidad y deseo. Mis dedos alborotados comenzaron a deslizarse por el escote de Lola. Mis miradas lo decían todo. Mi mano buscaba entre sus piernas, atrevidas se adentraron hasta sus braguitas. Fue un contacto fugaz pero muy íntimo. Lola estaba empapada, yo estaba enardecido. Frente a nosotros una pareja de alemanes no perdían detalle. Creo que al final decidieron regresar al hotel y dar por terminada su jornada turística.

El ambiente se caldeaba por momentos. Besos jugosos, miradas encendidas, caricias ardientes. Nuestros cuerpos estaban cada vez más deseosos el uno del otro. Yo deseaba con locura desnudarla, tenerla entre mis brazos, poseerla. Si llegamos a alargar la cosa hubiésemos terminado en comisaría por escándalo público. Pero en un instante de sensatez recobramos la compostura. Pedimos la cuenta mientras decidimos que hacer.

Yo sugerí discretamente “echarnos una siesta”. El deseado Campo del Moro de Lola estaba cerca. Pero ella me susurró al oído: -Prefiero estar a solas contigo. Un escalofrío de deseo recorrió mi espalda. Inmediatamente recordé unos apartamentos de Plaza de España que conocí con mi amiga Nuria y se lo comenté.

Le pareció  estupendo. Pagamos y abandonamos acelerados y deseosos la terraza. Decidimos tomar el metro en Sol. Por el camino las miradas, las caricias, los besos aumentaban de intensidad y de temperatura. En el andén miré a un lado y al otro, había mucha gente para cometer una locura. Lola me preguntó qué miraba. Yo callaba buscando el momento oportuno.

Subimos al tren. El vagón iba semivacío. Me asomé a su falda, su braguita rosa se mostró ante mí, bajo ella su pubis rubito y arreglado. Qué locura! Nos sentíamos como dos chiquillos enamorados jugando. Al salir, en la escalera me retrasé un paso para contemplar sus piernas, mi mano se coló entre sus muslos y subió descarada a su entrepierna, mis dedos saboreaban su humedad. Hasta que oímos voces detrás nuestro y recuperamos la compostura.

Una vez en la habitación una nube de deseo y pasión nos envolvió totalmente. Una bella atmósfera irreal se respiraba. Toda la pasión contenida se desbordó al instante. Nuestras ropas comenzaron a caer  por todos los rincones de la habitación como volando. Tenía ante mi su cuerpo, su piel tan deseada. Podía tocarla, besarla, olerla y a ello me dediqué.

La dejé en la cama y le quité las braguitas abalanzándome a devorar su deseado coñito. Qué rico estaba! Qué dulzura! Qué sabor enervante! Comencé a oler su piel como queriendo retener su aroma. Se lo hice saber, ella contestó con un gemido de excitación. Mi lengua se perdió en sus rincones maravillosos y de pronto unos grititos como canto de sirena llegaron a mis oídos. Me encantaron, me volvieron loco, que bello afrodisíaco.

La potrilla indomable que Lola llevaba dentro salió y me tumbó en la cama con una mano sobre mi pecho como una coreografía estudiada de tango. Sus bellos ojos inyectaban deseo en los míos. Sus labios quemaban mi piel ya ardiente. Lola saciaba su sed de mi con besos amplios, jugosos que recorrían mi cuerpo.

De pronto se apoderó de mi sexo. Lo modeló con sabiduría y destreza, la suavidad de su boca me volvía loco. Su lengua certera me llevaba directamente al cielo. La yema de sus dedos recorría mi glande brillante con maestría. -Parece que has leído bien mi relato sobre la masturbación masculina, bromee. Lola sonrió con mi miembro entre sus labios. La imagen era tan turbadoramente bella que la encuadré con mis manos como si de una fotografía se tratase. – Qué foto más maravillosa. Quedará grabada en mi retina, suspiré mientras me dejé caer en la cama envuelto en oleadas de placer que me proporcionaba su boca.

No pude resistirlo más. La tomé de la mano y nos pusimos de pié. Puse sus manos contra la esquina de la pared. Abrí sus piernas y entré en ella profundamente. Me recibió con un gemido embriagador. Comencé a follarla como si se me fuera la vida en ello. La sentía tanto, tan suave, tan cálida, tan húmeda, tan íntima… Ella recibía mis embates con placer. Susurraba mi nombre entre gemidos lo cual hacía que embistiera más ferozmente. De nuevo volví a escuchar sus grititos, los tengo grabados en mi memoria.

Caímos de nuevo en la cama, sofocados, con la respiración entrecortada, pero con ganas de nosotros. Cada vez éramos más el uno del otro, cada vez más íntimos, más entregados. Lo nuestro se remontaba a tiempo atrás. En ese momento tuvimos la sensación de que nos conociéramos de toda la vida. Qué compenetración , qué locura!

Jugueteamos de nuevo. Lola me pidió que le dejara follarme el culo. Yo accedí encantado. Nuestros dedos exploraban el agujerito del otro, con delicadeza, sabiendo lo que se hacía. Aunque Lola me confesó luego que era la primera vez que se lo hacía a un hombre. Acabamos follándonos el culo mutuamente hasta el fondo, sintiendo oleadas de placer intenso, una comunicación muy especial y cómplice.

Nos comimos, nos besamos, nos acariciamos y follamos como locos hasta la extenuación. Los dos queríamos exprimir al máximo el poco tiempo que teníamos. Quise entrar en su culo dispuesto. Ella quería también. Me puse en cuclillas tras ella y comencé a clavársela suavemente en su ano anhelante. Lola se quejaba, mi postura forzada hacía que no controlara la fuerza de las embestidas. Me tumbé a su lado. Así podía entrar suave, poco a poco, sintiéndola, sintiéndome.

Mi mano libre acariciaba su clítoris. Cogí la suya y la llevé hasta allí. Mientras ella se masturbaba yo introducí mis dedos en su rajita jugosa. Podía sentir mi polla en su culito apretado a través de las paredes. Comencé a follarla salvajemente por los dos lados mientras ella volvía a gritar fuera de sí. -Qué rico, qué rico, sollozaba envuelta en placer.

Caímos sudorosos y rendidos el uno en brazos del otro. Fundidos en un larguísimo y amoroso abrazo. Yo seguía dentro de ella, no solo mi sexo, no solo mi cuerpo. Mi alma tambien se había colado por sus ojos. Ella me enseñó a leer en ellos una maravillosa historia de pasión y deseo.

Pero sonó el reloj de la realidad. Todavía sumergidos en el dulce sueño vivido nos duchamos remolones más uno del otro, más amigos. No hubo despedida. A Lola no le gustan, a mi me encantan. De pronto me sentí empujado al vagón de un metro. En cuestión de segundos la perdí.

O no. No la perdí, sigue conmigo. Y seguirá mientras los dos queramos.

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