Extraños en el Hotel

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Otro relatito para la siesta. Tócate… pero poco

El restaurante de un hotel. Las mesas están llenas en el último turno de desayunos. Te sientas al fondo, frente a la puerta.

Hoy te has levantado tarde tras una agotadora semana de congreso y quieres dedicar el día a hacer lo que te apetezca: ir de compras, conocer la ciudad, tomar una copa…

Te has despertado especialmente excitada. En tu interior bullen las ganas de cometer una locura. Recorres con tu vista cada una de las mesas, la mayoría ocupadas por hombres de negocios anodinos, absortos en sus periódicos y ordenadores, con la taza de café balanceándose entre sus dedos.

Pero, en una de las mesas más alejadas, hay un hombre que despierta tu interés. Te fijas en él más detalladamente y piensas que es más que interesante, está muy bueno. Sí, realmente es el típico hombre con el que estarías dispuesta a cometer una locura.

Él levanta la vista y te mira y tu cambias rápidamente la mirada pero se ha dado cuenta de que le observabas. Vuelves a mirarle y te lanza una sonrisa a la que tu respondes con otra mientras continuas tomándote el café. Todo el desayuno se vuelve un cruce de miradas más o menos intensas.

Te pones a pensar que es el momento de llevar a cabo esa locura impensable que revoloteaba en tu cabeza. No te lo piensas dos veces. Te levantas y te diriges a la puerta y al pasar por su lado le regalas una sonrisa que lo dice todo.

Atraviesas poderosa el hall y te diriges a los ascensores. Notas que te sigue y se queda detrás de ti. Entras al ascensor y te sitúas al fondo y él se coloca a tu lado. Pronto notas la mano del desconocido sobre tu culo, acariciándolo sobre la tela del vestido, tanteando sus redondas formas y su firmeza.

Su mano baja hasta el borde de tu vestido, lo levanta y sube acariciando el interior de tu muslo. Llega al vértice de tus muslos y acaricia con sus dedos tu cálida entrepierna.

Permaneces impasible aunque por dentro un fuego comienza a arder en tus entrañas. La yema de sus dedos se aventura entre los pliegues de tu braguita y descubren tu tesoro que comienza a humedecerse. El resto de los ocupantes del ascensor ni se dan cuenta de las maniobras de él.

Llegas a tu planta y sales del ascensor. Continúas pasillo adelante, marcando tus andares provocativos y él te sigue a cierta distancia. Te paras frente a tu habitación y le miras desnudándole de abajo a arriba con una mirada que derretiría al más impasible de los hombres.

Se acerca a la puerta que has dejado entornada y la empuja con sigilo. Una vez dentro, te ve de pie, frente al espejo. No dejas de mirarle mientras deslizas los tirantes de tu vestido sobre tus hombros y este cae sensualmente al suelo. Él se recrea en tu cuerpo esbelto, realzado por la braguita de encaje ajustada a la cadera.

Se aproxima a ti por detrás y besa tu nuca mientras posa sus manos en tus caderas. Inclinas tu cabeza hacia atrás y aspiras su aroma fresco y varonil. Su boca busca tu cuello a la vez que sus manos suben por tu vientre hasta alcanzar tus pechos. Observas sus movimientos a través del espejo.

Te coge suavemente de la mano y te guía hasta la cama y, una vez allí, deja que te tumbes boca abajo. Escuchas como se va despojando de su ropa y se arrodilla sobre la cama y empiezas a notar su lengua recorriendo tu espalda, desde el borde de tu braguita hasta tu nuca. Sus besos tiernos exploran cada centímetro de piel despertando escalofríos de placer. Se tumba sobre ti y notas su peso y la fuerza de su polla contra tus nalgas mientras gira tu cara y besa tus labios con cálida pasión.

Su boca continúa explorando tu cuello, tus hombros, tu espalda… hasta que llega a tu braguita. Continua sobre ella buscando la unión de tus nalgas hasta llegar a tu cálida entrepierna.

Gimes mientras abres levemente tus piernas, facilitándole el camino al placer. Su boca acaricia tu sexo sobre la tela. Notas las caricias lejanas y las quieres más directas. ¡Quieres sentir su boca besando tu coñito!

Separa el borde de la braguita dejando solamente al descubierto uno de tus gruesos labios y comienza a lamer golosamente toda su tersura, arrancando notas de placer. Lo vuelve a cubrir con la braguita y levanta el otro borde para realizar la misma operación con el otro labio.

Crees volverte loca, desesperas para que te quite las bragas y se lance a comer tu coño ferozmente. Parece como si leyera tus pensamientos. Con sus dedos tira del borde de la braguita y ésta va descendiendo, lentamente, dejando tu redondo culo al descubierto y en medio tu tesoro anhelante de besos.

A la vez, va besando y mordisqueando tus nalgas, pasando su lengua por el culo y, finalmente, hunde su cabeza entre tus nalgas. Ya puedes notar su boca abarcando todo tu coñito. Su lengua se hunde en tu vulva hasta la raíz. Poco a poco comienza a devorar tu coño desde la vulva hasta tu clítoris.

Una de sus manos se desliza por debajo de tu vientre, alcanza tu pubis y comienza a acariciar tu pequeña semilla. Sus lengüetazos se hacen cada vez más fuertes y rápidos. Sus dedos arrastran hacia atrás la aterciopelada piel que recubre tu clítoris, dejándolo desnudo a los embates de su lengua que cada vez arremete con más furia sobre él.

La tensión de tus músculos por la llegada del placer, da paso a una total relajación que inunda tu cuerpo. Todavía estás saboreando la dulzura de tu orgasmo cuando tu desconocido amante se da la vuelta y mete toda su polla en tu coño caliente, entrando dura y poderosa, abriéndose camino en tus entrañas. Se aferra a tus caderas y bombea ferozmente follándote hasta la extenuación. Sientes sus huevos golpear contra tu clítoris repetidamente, a la vez que su ariete golpea bien al fondo en tu útero.

Tira de ti hasta hacerte poner como un perrito. Sus envites vienen ahora de abajo a arriba y de atrás a delante rozando la pared anterior de tu vagina mientras sus dedos masajean tu clítoris duro e hinchado por la excitación.

Sientes como golpea con su polla que crece todavía más en tu interior hasta que revienta en chorros calientes de esperma que llenan tu coño sediento, momento en el que otro orgasmo te ciega llevándote hasta el éxtasis. Te dejas caer sobre las sábanas y él te sigue, abrazándote, todavía dentro de ti.

Así, os dormís profundamente. Cuando te despiertas, ha desaparecido. No queda ni rastro de tu amigo desconocido. Sólo su aroma en tu piel y su licor que baña tu interior.

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