Retrato en sepia

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Me he detenido a observar tu fotografía, cada detalle: el sillón orejero, la planta en la esquina, tu postura estudiada, la flexión justa de tu pierna esbelta. Tus pies con sus uñas bien pintadas (¡quién pudiera hacerlo!), el contorno de tu cadera con esa curva infinita, el abandono de tus brazos sobre tu cabeza, tus manos intuidas y deseadas, tus besables senos erguidos, la inclinación de tu cuello para ocultar tu rostro bajo la sensual melena…

Me gusta la foto. No solo por el modelo sino por todo lo que expresa de él. Lo que se puede leer, lo que se intuye.

Dejo volar la imaginación y me convierto en fotógrafo por un instante. Fotógrafo de tu intensa vida, fotógrafo de tus sueños. Observo la foto pero desde dentro del decorado de esa habitación. La luz de la ventana incide directamente en mi retina. Percibo el olor a madera de los muebles, tu perfume a lo lejos. Oigo el crujir de la tarima bajo mis pies, una música suave de Gustavo Cerati…

-Quiero que te hagas un ovillo, sobre tu lado izquierdo. Giras lentamente tu cabeza. Tu cabello se desliza acariciando tu cara a la vez que la descubre -de pronto oigo mi voz.

Puedo ver por fin tus ojos. Esa mirada soñadora que se dirige a mí y me conmueve. Tus párpados se entornan a cámara lenta mientras giras tu cuerpo elástico obedeciendo mi orden hasta formar un perfecto ovillo con tu sien pegada a las rodillas. Tu cabello cayendo en cascada hacia el suelo, tu espalda redondeada continua dibujando la línea de tus nalgas nacaradas, preludio de esas piernas deseadas, flexionadas y escondidas bajo tu brazo.

Tu mirada queda prendida en el aire de un pensamiento que pasa y se queda. Un destello de un blanquísimo diente se vislumbra entre tus humedecidos labios, entreabiertos. Lentos, golosos, sedientos.

Me acerco a ti para retocar la postura. Una mano así, el brazo de esta manera, este pie más arriba, este mechón…mechón que acaricio y enreda mis pensamientos, los lía y los lleva hacia tu mirada atándolos en una eternidad de fuego.

En este cuarto no hay gravedad.
Empiezas a temblar.
Jugo de luna me diste…

No se si es la voz de Cerati o mi pensamiento. Pero realmente no hay gravedad…

No hay gravedad en tu mirada. Me atrae el agujero negro de tus pupilas. Quiero zambullirme en ellas, nadar en tu infinito interior. Volverme etéreo y deslizarme por las curvas de tus labios. Perderme en la selva de tus cabellos y encontrarme recostado sobre tu seno.

Suena el disparador de la cámara. Cada chispa del flash enciende una llama que caldea la estancia más y más. Te quiero así. Quiero acariciar tu piel con mi cámara.

Deja que el objetivo te desee. Siénteme a través de su ojo deseándote. Juega con él, ofreciéndote.

Te incorporas de rodillas sobre el sillón. Me das la espalda. Tu cabeza gira. Me miras sonriente con ese toque pícaro en tus ojos. Dejo deslizar mi mirada por tu espalda, provocativamente, hasta dejarla un instante quieta en tu culito, llena de deseo.

Volvemos a encontrarnos con la mirada. Sabes lo que pienso y eso te excita al máximo. Mantienes la mirada, yo la atrapo con la cámara y tu me atrapas a mí con ella.

Me acerco de nuevo sin apartar la vista de tus ojos. Tu lees en ellos, yo leo en los tuyos. Me detengo un instante a un centímetro de ti. Me acerco a tu oído y susurro:

-Quiero que me tengas bajo tu piel.

La reacción es inmediata. Tu piel se eriza y te estiras en el sillón.

Te dejas caer somnolienta y sonriente, excitada y perezosa. Doblas el codo apoyando la mejilla en tu brazo. Elevas las piernas y las balanceas juguetona. Tu mano libre se eleva hasta la punta de tus pies y los sujetas un instante.

Tu pecho queda al descubierto, redondo, perfecto, mirándome de frente. La curva de tu culo, el surco de tus piernas… la luz incide endiabladamente acariciando tu tobillo, tu pecho y tu mejilla, tres puntos subyugantes de tu anatomía. Hago caso de la luz y acerco mi boca a tu tobillo…

Sientes mis labios en la fina y cálida piel que recubre el huesecillo. Tu mano se posa en mi cabeza acariciando mis cabellos con ternura. Besos tus pies desde el tobillo hasta la punta de tus dedos. Desciendo mi mano acariciando tus pantorrillas. Mi boca va tras ella. Me detengo un instante en el hueco poplíteo tras la rodilla.

-Wow. Sigue así, me estás matando -susurras en un suspiro.

Yo me recreo en tus muslos deseados y deseosos de rodear mi cuerpo en un abrazo total. Muslos cálidos, casi ardientes, según subo hacia tu sexo.

Mi boca saborea tu culo como si de una fruta jugosa se tratara dejando tu piel brillante de saliva a su paso. Mis dedos recorren la línea entre tus nalgas descendiendo para explorar entre los pliegues de tus labios.

-Me gustas así, abandonada a mis caricias. Siente el deseo crecer en ti y siente como mis dedos te desean -te susurro ronroneante.

Mueves tus caderas buscando mi caricia que se demora y se vuelve lenta.

-Dame tu boca. Quiero besarla, morder tus labios carnosos, fundir mi aliento con el tuyo, probar tu sabor. Sin apenas terminar la frase nos fundimos en un loco beso que ilumina tus mejillas y hace brillar tu mirada.

Entre tus muslos, mis dedos se encuentran con los tuyos, juegan a esconderse entre tus pliegues, se buscan, te encuentran. Te hacen temblar, gemir, gozar. El placer llega y se detiene. Muerdes mi lengua, yo tus labios. Cierras tus muslos, yo te recojo entre mi mano reteniendo el placer, sin dejarlo escapar.

-Lola, ¿sientes mi deseo? Quiero poseerte, entrar en ti, gozarte.
-Hazlo, yo también lo deseo. Quiero sentirte dentro de mí, disfrutarte…

Al instante siguiente nuestros cuerpos se funden en uno solo.

Para alguien muy especial….

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