Mi primer trío

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la historia de mi primer trío

 

Recuerdo gratamente mi primer trío, mi primer ménage à trois. Ocurrió durante mi loco año en Cambridge. Yo tenía mi pandilla de italianos y suecas. ¡Ah, siempre las suecas! ¿Cómo no? Defendiendo el Landismo en tierras extrañas.

Todas las noches al salir del College me pasaba por The Anchor, el pub de mis amores, donde comenzaron a tocar los Pink Floyd a principios de los 60’s. Volví el año pasado y sigue exactamente como hace diecinueve años. Distintos camareros, distinta gente, distintas historias pero la misma atmósfera universitaria, internacional y vocinglera. Allí me encontraba con la gente y todos nos conocíamos. Era como entrar en Cheer’s.

Al mes de estar allí, comencé a fijarme en dos chicas. Siempre estaban juntas, sentadas tomándose sus pintas, sin hablar con nadie, sólo observando risueñas. Una era rubia de carita dulce y larga melena. La otra pelirroja, pecosa y con cara pícara. No se por qué pero mi intuición, que en estas cosas apenas me falla, me dijo que eran danesas, cosa que resultó ser cierta.

No fallaban ni una noche. Ya podía estar yo en un rincón distinto del pub que cada vez que levantaba la vista me encontraba con sus miradas sonrientes. Los lunes nos íbamos a Ronelles, la discoteca horterilla de allí, que hacían sesión para los estudiantes extranjeros, así no había opción de encontronazos con holligans desbocados por el alcohol. Pues allí también aparecían ellas, cada lunes, sentadas en la barra, siempre cercanas a nuestro grupo. Indagué si alguien las conocía sin resultado. Eran muy reservadas. La curiosidad comenzó a hacer mella en mí. Esas miradas penetrantes y sonrientes seguro que tenían algún significado y estaba dispuesto a descifrarlo.

Una fría noche de domingo, con la espesa niebla agarrada a las farolas de luz tenue y las calles desiertas, me acerqué al pub sin muchas esperanzas de encontrarme con nadie en concreto. En la barra, el pesado de Silvano el napolitano -“italianomuycalientes”, como él decía, se volvía pulpo de mil tentáculos sobre una incauta jovencita estudiante americana.

Me dirigí al fondo. Esquivé la viga escrita con la frase Mind Your Head, aunque más de un coscorrón tiene guardado, y al bajar los escalones que llevan a la terraza sobre el río las vi sentadas. Estaban frente a mí, con su eterna cerveza y su eterna sonrisa. Otra vez sentí sus ojos como faros enviándome señales. Ha pasado el tiempo y todavía recuerdo perfectamente su intensa mirada.

Como hipnotizado acudí a su llamada. Decidí romper el hielo y me acerqué a ellas:

– Hi! Have you seen my friends? -pregunté.

De esa manera comenzamos a charlar. Me pedí una pinta y me senté con ellas. Nos contamos nuestra vida y milagros. Resultó que eran danesas como había adivinado. De Copenhage. Sus nombres eran Charlotte y Lena tenían 19 añitos y estaban haciendo el Proficiency y a la vez de au pair en familias inglesas.

Eran amigas desde la infancia y pensaban ir juntas a la universidad. No eran muy dicharacheras pero poco a poco les fui sonsacando información. Apenas conocían a nadie y ya llevaban un mes largo allí. No les entusiasmaba gran cosa conocer gente, estaban muy a gusto ellas dos, a su aire.

Yo les dije que me había fijado en sus miradas. Lena, la pelirroja, me dijo entre risas que le gustaban mis ojos. Yo pregunté que a cuál de las dos y me respondió que a las dos. Yo vacilé. No sabía que contestar. No sabía si se estaban quedando conmigo. Al final me salvó la campana. Eran las once, la hora de cierre de los pubs y tuvimos que salir a la fría noche.

No quería separarme de ellas y les pregunté si tenían hambre. No lejos de allí en Hill Road estaba el Sultan’s Kebab y les propuse acercarnos para tomar unos, a pesar de que me producían pesadillas de lo picante que estaba la salsa, ¡pero estaban tan ricos!… y como allí se cena a las seis de la tarde, el hambre ya hacía mella a esas horas.

Cogimos nuestras bicis y atravesamos la niebla, apenas nos veíamos, sólo distinguíamos nuestras voces. El frío polar entraba directamente del Mar del Norte sin encontrar obstáculos en la llana Anglia. Pese a lo abrigados que íbamos era incómodo tomarlo en la calle como habitualmente y les propuse acercarnos a mi casa que quedaba cerca. Allí pondría la estufa y prepararía un té para entrar en calor.

Ellas aceptaron encantadas y nos dirigimos a Bateman Street, una especie de Bronx a la inglesa. Allí convivíamos españoles, italianos, mexicanos y gentes de variado pelaje. Una calle muy divertida. Mi casa era lo que allí llaman un flat, un pequeño apartamento con cocina americana, en realidad era una habitación de una casa de cuatro plantas. En cada planta había un aseo y las duchas estaban en el sótano. En invierno te exponías cada mañana a una pulmonía al bajar a la ducha.

 

Comienza el trío: Charlotte, Lena y yo

Una vez en mi cuarto nos acomodamos. Lena en el único sillón que tenía, Charlotte sobre la cama y yo en el suelo entre ellas dos. Calenté agua para el té mientras devorábamos los kebabs sin mediar palabra. Una vez terminamos repartí las tazas humeantes. Al darle la de Charlotte me senté junto a ella en la cama. Ella me miró fijamente y a la vez que me decía “you are so cute”, levantó mi mano para acariciar mi cabello.

Impulsivamente tiré de su brazo y la atraje hacia mí para besarle. Su boca se abrió a mi, cálida y jugosa, y nos fundimos en un bonito y sensual beso. Pronto volví a la realidad dándome cuenta de que Lena seguía allí sentada en el sillón frente a nosotros. Me di la vuelta y le pedí disculpas, yo siempre tan “polite”.  Fue la propia Charlotte la que dijo que no me preocupara porque a ella no le importaba, mientras que se incorporó y, tomando la mano de su amiga, la atrajo hacia nosotros y Lena se colocó a mi lado a la cama.

De pronto me vi envuelto en un sueño irreal: Lena también comenzó a besarme.

No recuerdo bien quién empezó primero pero nuestras ropas fueron cayendo poco a poco en la ya caldeada habitación. Me encontraba entre dos diosas vikingas en todo su esplendor. Jamás había tocado una piel tan blanca y suave. Aquellos ojos azules me traían nostalgias de mi mar.

Yo saltaba de un cuerpo a otro, explorándolos. Sus senos hermosos y firmes, sus vientres lisos, sus muslos atléticos. El fino y rubio vello de sus pubis angelicales. Tengo una imagen grabada que se me viene a la mente de vez en cuando y es cuando Lena se sentó sobre sus talones y elevó los brazos sobre su cabeza para sujetarse el pelo. Era la pura imagen de la belleza sensual.

Me incliné para dedicarme a besar sus pechos mientras Charlotte comenzó a acariciar mi, ya totalmente enhiesto, miembro. Poco a poco nos fuimos tumbando en la cama que se quedaba pequeña. Mi boca besaba el dulce sexo de Lena, y Charlotte saboreaba plenamente mi erección.

No tardamos en alcanzar el primer orgasmo de los muchos que quedaban por venir. A mis veinticuatro añitos y con semejantes beldades en mi cama no tardé ni un instante en recuperar la potencia liberada. Cogí un preservativo de la caja de Cadbury’s donde los guardaba en la mesilla y me lo coloqué ayudado por sus finas manos.

Sin dudarlo atraje a la pelirroja y le ayudé a sentarse sobre mí. Los jugos de su reciente orgasmo mezclados con mi saliva hicieron fácil la penetración, placentera para ambos. No quise dejar de lado a Charlotte y le indiqué que se sentara sobre mi boca. Ya estaban las dos cabalgando, al unísono, llenando la habitación con sus musicales gemidos. 

Sentí en seguida las convulsiones en mi boca del sexo de Charlotte y contemplé arrobado el placer reflejado en su cara inclinada con su cabeza apoyada en la pared. Lena seguía saltando sobre mí arrancándome aullidos de placer hasta que me regaló otro maravilloso orgasmo más lento que el anterior.

Lo que tardamos en fumarnos un cigarrillo  bastó para que Lena se pusiese a juguetear con su lengua sobre mi sexo para que mi erección recobrase nuevos bríos. Ahora le tocaba el turno a Charlotte sentirme en su interior. Ella misma cogió el preservativo y me vistió con él con destreza. Yo salté de la cama y de rodillas sobre la moqueta agarré sus caderas para atraerla hacia mi hasta sentir en mi sexo la calidez del suyo.

Lena se situó a mi espalda, pegando su cuerpo al mío. Yo giré mi cabeza hasta alcanzar su boca con la mía. Mis manos acariciaban sus sexos. Mi pelvis rebotaba entre las dos. Yo contemplaba el  bello cuerpo de Charlotte ofrecido a mí, sus músculos tensos, la rojez de su cuello por la excitación, el orgasmo reflejado en su cara. Lena también gemía a mi oído. Yo no podía aún o no quería.

No quería que terminara aquella noche de niebla. Me di la vuelta y giré el cuerpo de Lena que obedeció rauda ofreciéndome la visión de su culo. Se puso a cuatro patas y entré en ella totalmente. Agarrado a sus caderas comencé a follarla como un poseso. La postura intensificaba su placer que salía en forma de aullidos por su boca.

Mientras tanto Charlotte tumbada en la cama se acariciaba y masturbaba contemplándonos. El preservativo comenzaba a molestarme, mi sensibilidad disminuía y el clímax se hacía de rogar. Salí de Lena, me lo quité, y me arrodillé sobre la cama acercando mi verga a los labios de Charlotte. Lena se vino enseguida en mi ayuda y comenzó a masturbarme en la boca de su amiga.

La explosión de placer que me sobrevino inundó su boca y me dejó exhausto definitivamente. Caímos sobre la cama en un cálido ovillo de besos y caricias.

Nos vestimos, lenta y perezosamente, con una sonrisa cómplice en los labios y les acompañé cortésmente hasta sus bicis. Tras los últimos besos de despedida me quedé mirando cómo se perdían en la niebla hasta que ya no pude oír el pedaleo.

Dos veces más se repitieron los encuentros en mi casa antes de que ellas regresaran a su país, pero el primero es el que más imborrable permanece en mi memoria.

 

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