Noche de hielo: historia de una orgía

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noche de hielo y sexo

Noche de Hielo

Era una de esas noches tontas y fría, muy fría. Todavía los coches conservaban la capa de nieve del día anterior.

Salí tarde de trabajar y tenía la intención de ir directo a casa y meterme en la cama calentito, pero ellas me convencieron. Habían quedado las tres con un amigo en Fusión y me pidieron que fuera para allá lo antes posible.

Con dos de ellas ya había estado, más bien me habían devorado, pero con la tercera, aparte de conocernos por el foro, solo la había visto de pasada una tarde de despedida navideña, donde simplemente se pasó a saludar con un trancazo importante. Le tenía ganas y presumía que ella también a mí, por eso me animé a ir pese a la pereza inicial.

Al llegar, Pilar me anunció que las Mosqueteras me esperaban dentro y que ya habían pagado. Efectivamente, allí estaban en la barra, las tres radiantes y guapísimas. Tres golosos besos fueron sus regalos de bienvenida y me presentaron a su amigo.

 

¿Jugamos?

Charlamos un rato de lo divino y lo humano hasta que pasamos dentro. Nos sentamos frente a la piscina y, sin tenerlo premeditado, me tocó al lado de ella. Tomó mi mano entre las suyas con intención de no soltarme y yo, con confianza y naturalidad, comencé a acariciarle el interior del muslo hasta casi rozar su sexo. Mientras, las Mosqueteras ya habían propuesto el juego de los hielos pero con la variante de que a quién se le derritiera pagaba prenda. Ya me encargaría yo de quién iba a pagar la prenda.

Un hielo de los gordos comenzó a rular de boca en boca. En círculo, en diagonal, cruzado o a la inversa, cada vez se hacía más pequeño. Lo que primero eran unas lenguas juguetonas y calientes se iban volviendo heladas por momentos. Cuando solo quedaba una frágil lámina transparente se lo pasé a ella.

Al contacto de sus labios calientes se convirtió en escasas gotas frías de agua y, entre mohines y risas excitadas, tuvo que reconocer su pérdida y su rostro mostró un gesto de ofrecimiento al sacrificio. La más lanzada, y experta de las Mosqueteras, sin darnos tiempo a deliberar, le ordenó que se metiera entre las telas que estaban a nuestra espalda donde una pareja se acariciaba entre ronroneos.

Sin dudarlo, se zambulló en el tálamo desapareciendo de nuestra vista. Nosotros seguimos charlando y riendo como si nada, dando tiempo al tiempo, dejando que las cosas sucedieran fluidamente. Cuando ya casi nos habíamos olvidado de ella, nuestra amiga la experta se asomó apartando el telón y la vimos derramada sobre el tatami donde ofrecía su blanco cuerpo, esplendorosamente desnudo, a las caricias de ambos miembros de la pareja.

Tras observar la escena unos instantes, como unos niños con la nariz pegada al escaparate de golosinas, uno a uno fuimos pasándonos al otro lado, al mundo de la fantasía y el deseo.

 

Comienza la orgía

En apenas unos instantes, estábamos todos desnudos y entrelazados. Nuestro ya amigo estaba siendo devorado por una Mosquetera y la otra había encontrado pareja detrás de mí, y ahí la tuve a ella, frente a mí. Tantas ganas acumuladas estaban a punto de saciarse mutuamente.

Una mirada intensa, profunda, precursora de lo que iba a suceder hizo erizarse nuestra piel. Nos lanzamos el uno a por el otro. Nuestras bocas ansiosas, buscándose. La mía se hizo con su cuerpo, recorriéndolo, descubriéndolo, hasta llegar a la meta ansiada.

No tardó en estallar en gemidos almacenados para el momento, o tal vez eran las prisas por hacerme gemir a mí, pues se lanzó directa a mi sexo que saboreó con su boca dulce y diestra, llevándome al paraíso mientras me perdía en sus ojos azules.

Para evitar quemarme con su mirada, me incliné buscando el coñito de la morena que hacía disfrutar a nuestro amigo en su boca. Él a su vez deslizó sus dedos por el de mi partenaire y, así, formamos un círculo ardiente y bello que poco a poco se fue desmoronando entre gemidos de distintas tonalidades según íbamos llegando al orgasmo, cayendo como piezas de dominó.

Pero ella quería más, ella lo quería todo y no tardó en darse la vuelta ofreciéndome su culo en todo su esplendor del que asomaba su jugosa y palpitante vulva, ávida, deseosa, impaciente.

No tardé en satisfacer sus deseos. Ella sacaba lo mejor de mí, me encendía con sus miradas, sus roces, sus susurros. La poseí allí mismo, me poseyó. Por unos instantes todo desapareció a nuestro alrededor pese a que se formó una pequeña orgía a nuestro alrededor.

Fueron unos instantes ensimismados para nosotros dos. Lo necesitábamos, lo deseábamos. Luego nos unimos a la orgía, al sexo en grupo, a sus juegos morbosos, a su lujuria sin fin. Cansados, acabamos todos en el yacuzzi, sonrientes, con esa sonrisa boba que se te queda en la cara tras una buena sesión, con los ojos todavía brillantes de lujuria y placer.

Las chicas se sentaron en la isla, los chicos nos dedicamos a besarles y lamerles los pies. De nuevo en la barra para calmar nuestra otra sed, las dos amigas Mosqueteras se despidieron porque tenían que madrugar. Los chicos dudamos sobre qué hacer pero ella nos sacó de dudas. No quería irse o tal vez no tenía prisa.

No recuerdo si fue nuestro amigo o fui yo, lo cierto es que lo pensamos al unísono: “¿la llevamos a la sala de la mazmorra?”

Continuará…

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