Las mujeres el sexo y yo (3)

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mujeres y sexo, segunda parte

 

La pubertad llegó en tromba al barrio, y a nuestras vidas, un comienzo de verano donde todo florecía. Los cuerpos, antes sin formas, de nuestras amigas, y en los que apenas reparábamos, brotaban ahora en ellos unos preciosos pechos virginales.

Nuestros cuerpos también sufrían cambios, pareciendo a ratos todavía polluelos desplumados, inseguros a veces, lanzados en otras.

Todo esto coincidió justo con el inicio de la Transición y el famoso destape. De pronto, los quioscos del barrio se llenaron de portadas de revistas con desnudos femeninos. Y allí estábamos todos, arremolinados, viendo lo nunca visto hasta ese momento.

Todos parecíamos saberlo todo sobre el sexo, hablábamos y hablábamos sin saber nada realmente, aprendiendo alguna cosa de oídas por hermanos o amigos mayores.

La mayoría no sabíamos todavía como masturbarnos, simplemente jugábamos con “la cosita” sin sacarle todo el partido posible. Sabíamos como subirla pero no como bajarla. Hasta que alguien dijo un día como hacerlo.

Subí corriendo a casa, me encerré en el baño y me puse manos a la obra. Con apenas unos toqueteos, ya estaba totalmente erecto y con otros toques más, de los que me acababan de explicar, comencé a sentir algo inexplicable. Una muerte dulce. Una corriente eléctrica que unía mi cerebro con mis riñones y mi sexo con un calambrazo único e indescriptible. A la vez ,pude contemplar como un líquido blanquecino salía a borbotones de mi miembro.

Sabía perfectamente lo que era. Una sonrisa se dibujó en mi rostro. Una especie de orgullo me invadió. Ya era un hombre, o así me sentía a mis trece años.

A partir de entonces comencé a devorar todo cuanto libro caía en mis manos sobre sexualidad. Con mi habitual máxima de “todo está en los libros”, me tragué entero el Informe Kinsey, Master and Jhonson y el Informe Hite tan de moda en aquellos años. La teoría me la sabía al dedillo. La cuestión era cómo llevarla a la práctica.

Nuestras prácticas seguían siendo bastante infantiles, lo que en realidad éramos. Juegos, muchos juegos. El famoso juego de la cerilla, que si se te apagaba pagabas prenda, la cual siempre solía ser un beso en la boca a otra persona del grupo. Estos besos con el tiempo aumentaron su dificultad. Desde castos besos con los labios, luego de tornillo, hasta los más voluptuosos y jugosos besos con lengua mientras el resto de la panda jaleaba a la pareja largamente, hasta que éstos se separaban acalorados e incluso excitados.

Nuestro juego preferido pasó a ser entonces las tinieblas. Los sábados por la tarde nos reuníamos en el centro parroquial donde teníamos una especie de club juvenil con juegos de mesa, ping pong, cine, nuestro grupillo de teatro, etc. En el sótano teníamos una sala más pequeña con contraventanas de madera que, si se cerraban y apagabas la luz, se quedaba en completa oscuridad.

Por sorteo, uno de nosotros quedaba fuera y contaba hasta diez como al escondite. El resto se escondía en diferentes rincones de la sala. El que se la ligaba entraba para encontrar a alguien y tocándolo a oscuras descubrir su identidad. Lo que parecía en teoría un inocente juego infantil era en realidad un tórrido juego adolescente de tocamientos, besos y roces en la oscuridad más absoluta.

De antemano ya sabíamos antes de apagar la luz donde se ocultaría nuestro objetivo. Yo eludía el tumulto que provocaba N. con sus voluptuosas y precoces formas. Ahora pienso que era el primer GangBang que presencié en mi vida. Buscaba con detenimiento la belleza más serena de A. y sus hermanas, y, tan indeciso como siempre, no sabía ni quería elegir, y así me entretenía en contentarlas a las tres.

Estas fueron mis primeras incursiones en bellos, jugosos y receptivos cuerpos femeninos. Ardientes juegos manuales, húmedos besos adolescentes envueltos en sudores y picantes aromas de sexo.

Los chicos también nos entreteníamos por nuestra cuenta. Nos escondíamos en los portales, donde medíamos nuestros sexos en erección, los rozábamos y brindábamos con ellos. Nos masturbábamos compitiendo por quién lograba salpicar más lejos.

Una tarde, Juanjo me llamó para ir a su casa porque sus padres no estaban. En su habitación, sacó del armario una pequeña revista. Era una especie de fotonovela. Comencé a pasar las páginas y mis ojos se agrandaban con cada fotografía. Estaba viendo mi primera revista porno. Nunca había visto antes nada igual. Me acuerdo todavía de cada fotograma.

En la historia, llega un cliente a un hotel y, mientras duerme desnudo, entra la camarera de pisos y se pone a juguetear con él hasta que se despierta. A continuación, entraba la gobernanta, atan al cliente y se ponen a jugar entre ellas y después con el cliente. Se une el cocinero y aquello se convirtió en el desparrame total con todas las posibilidades posibles.

Fue algo totalmente nuevo para mí. Mucha información visual de golpe, tanto que me turbó totalmente.

Estábamos tan excitados que comenzamos una especie de pelea adolescente. Acalorados, nuestra ropa comenzó a caer. Pronto me vi desnudo. Juanjo me inmovilizó desde atrás, metió su mano entre mis piernas y agarró mi polla que llevaba erecta y palpitante toda la tarde.

La situación me ruborizó pero me encantó al mismo tiempo. Comenzó a masturbarme así, desde atrás, tirando de mi miembro hasta casi doblarlo entre mis muslos. ¡Qué locura! Caímos en el sofá del salón, el uno masturbando al otro, hasta corrernos.

Días después comentamos lo sucedido sin profundizar mucho, sin saber el por qué realmente. No volvió a suceder. No se volvieron a dar las condiciones de semejante grado de excitación y turbación, pero continuamos indagando por otros derroteros.

La famosa revista dio mucho de sí. Pasó a ser casi de mi propiedad. Solía llevarla enrollada a la tibia, dentro del calcetín, sin notarse nada y la prestaba a otros amigos que se iban enterando de su existencia. Pronto, se corrió la voz entre las chicas que también se interesaron por verla.

Las primeras fueron M. y L. Siempre que me veían a solas me preguntaban si la llevaba y nos sentábamos en un banco apartado, la sacaba de la pierna ya retorcida, y se ponían a verla con ojos chispeantes. Yo ya había hecho la película y repartido los papeles. La verdad es que los parecidos eran ciertos, por lo menos los cortes de pelo… clavados.

Yo era el cliente, M. la camarera. L. la gobernanta y Juanjo el cocinero. Bromeaba con ellas, que se ruborizaban nerviosas aunque, en esos momentos, ellas y yo nos imaginábamos lo mismo.

Otra tarde sin padres en la casa de Juanjo, las invitamos a que vinieran para ver la revista tranquilamente. Yo había tramado con él que en un momento dado me iría a su habitación, me desnudaría y me tumbaría en la cama haciéndome el dormido tal cual ocurría en la revista. Juanjo al rato le diría a M. que fuera a buscarme y, así, se cumplirían las condiciones del guión.

Así lo hice, pero estuve esperando y esperando y allí no aparecía nadie. Mientras, me entretuve jugando con mi miembro, las fantasías volaban en mi mente. En vista del éxito, decidí pasar a la acción y presentarme en el salón donde los tres seguían sentados absortos en la contemplación de la revista.

Al verme entrar totalmente desnudo y erecto M. y L. dieron un respingo en el sofá. Yo comencé a lucirme como un gallito ante la atónita mirada de las chicas. Mientras me tocaba, les pregunté si querían verla de cerca, que podían tocarla si querían, que no hacía nada… como si fuera un animalillo salvaje que hubiese encontrado.

M. era la más lanzada. L. era más madura y, por tanto, más precavida. La cuestión es que al rato M. ya me tenía en su mano. La pesaba, la movía haciéndola bailar entre risas nerviosas. Escudriñaba con interés anatómico su forma, tamaño, detalles, como si de un extraño artilugio se tratara. L. observaba atenta con la espalda rígida sin querer acercarse mucho, pese a que yo le invitaba a participar en los tocamientos.

-¿Quieres besarla? -le solté a M. Pruébala.

M. no lo dudó dos veces y acercó la puntita de su lengua como si fuera a mojarla en polvos efervescentes. Como el animalillo no le mordía, poco a poco fue tomando confianzas con él. Los lametones eran cada vez más intensos. Se fue atreviendo a besarla hasta que, por fin, imitando totalmente a la actriz de la novelita, me tomó entre sus labios.

Yo estaba disfrutando de mi primera felación. Aquello era sublime, delicioso. Mis ojos se clavaron en el íntimo contacto de la piel de sus labios con la de mi glande, en cómo se abrían al entrar en su boca, como se doblaban hacia afuera. Yo era todo ojos. M. los cerraba.

Al lado L, todavía tensa, juntaba sus muslos con sus manos y Juanjo observaba absorto desde el otro sofá mientras se masturbaba.

-¿Queréis ver cómo me corro, chicas? -les pregunté.

Me separé de la boca de M y comencé a masturbarme como un poseso. Enseguida eyaculé sobre la mesa de cristal. Los tres bajamos la cabeza para observar mi semen detenidamente, como si estuviéramos en el laboratorio de biología.

Al decirles que ahora les tocaba a ellas desnudarse y enseñarnos parte de su anatomía, ambas se levantaron y poniendo una excusa se marcharon, dejándonos con las ganas, sin embargo, a los pocos días, al pasar bajo la ventana de M, ésta me chistó.

-Sube -me dijo.
-Ábreme…

 

 

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