Las mujeres, el sexo y yo (I)

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sexo y mujeres - despertar

Mi vida ha estado rodeada de mujeres y sensualidad desde mi más tierna infancia.

Mis primeros recuerdos se remontan a la época de párvulos. Un buen día apareció una nueva niña. Covadonga se llamaba. Inmediatamente mi corazón se llenó de amor por ella. Estaba pendiente a cada instante. Me encantaba ver sus progresos y yo mostrarle los míos. Hasta que un buen día desapareció tal como había venido.

Ahora recuerdo con gracia un dietario, o especie de agenda de teléfonos, que había en mi casa por aquella época y que me gustaba ojear. Cada cierto número de páginas aparecía una fotografía de algún rincón de España. Una de ellas era el Santuario de Covadonga en los Picos de Europa asturianos. Yo me quedaba absorto mirando la fotografía, pensando que Covadonga se había ido allí y que tal vez estaría perdida entre aquellos árboles que aparecían rodeando al monasterio.

Ese fue mi despertar al amor romántico y desinteresado.

Al año siguiente cambié de colegio, aunque continuaba en preescolar. Era una rata que no levantaba un palmo del suelo, sentado en su sillita roja de la mesa redonda roja al lado de Caramés, el que luego llegaría a ser mi compi del alma de toda mi infancia.

Nuestra Seño, una veinteañera minifaldera de larga melena trigueña y ojos verde mar, me tenía loquito desde el principio, y yo a ella, pues pronto me convertí en su preferido.

La verdad es que no me puedo quejar en ese sentido. Siempre he sido el prefe de todas mis profesoras a lo largo de mi vida. Tal vez fuera mi encanto natural (jejeje) aunque ellas decían que era muy buen alumno y muy inteligente, cosa que luego no se demostró.

Una mañana estaba ella explicando algo en la mesa de al lado cuando sentí el codo de Caramés en mis costillas. Le miré y me indicó con los ojos que levantara la vista.

Al hacerlo sentí una convulsión desde lo más profundo de mí.

Unas maravillosas y larguísimas piernas vestidas con medias subían hasta debajo de su minifalda donde se ajustaban en un liguero de los de la época. Aquello me turbó.

La visión de sus piernas, su entrepierna y sus glúteos, la verdad es que teníamos buen campo de visión, me resultó gratamente placentera.

Era la primera vez que contemplaba a una mujer desde esa perspectiva, y, a partir de entonces, comencé a fijarme en ellas de otra manera…

 

Sigue leyendo cómo continúa mi despertar en el siguiente relato 

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