Las mujeres, el sexo y yo (V): Anne

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Las mujeres, el sexo y yo (V): Anne

La primera chica que conocí en mi estancia en Inglaterra se llamaba Anne.

Era de la Bretaña francesa: larga melena negra, mejillas siempre arreboladas y unos fascinantes ojos azul atlántico, con esos tonos grisáceos que solo nuestro océano posee. Era el prototipo de mujer celta. Hasta llegué a creer en un primer momento que era paisana mía pues su español era perfecto.

La conocí en mi primera tarde en el Clown’s , coffee-shop donde Pascuale nos preparaba auténticos espressos y capuccinos, y al que no faltaría ningún día desde entonces. Ese día, ella se sentó frente a mí y sus inquietantes ojos no dejaron de escrutarme durante toda la tarde con el descaro de una chica de apenas veinte años. A partir de aquel día nos hicimos muy amigos.

Yo practicaba mi francés, que se estaba anquilosando al comenzar a hablar inglés, y ella perfeccionaba su casi perfecto español.

Los viernes la cita era para comer en la casa donde estaba de au-pair, con otros amigos. Ella compraba los ingredientes y yo hacía la paella, bueno, era cualquier cosa menos paella, pero les encantaba.

Su interés por mi aumentaba. Yo en cierto modo la rehuía. Era un picaflor y sabía que ella no quería ser flor de un día. Después vinieron las Navidades y regresé a España. A la vuelta, en enero, apenas quedábamos cuatro o cinco de la enorme pandilla que llegamos a ser el trimestre anterior.

Anne fue una de las que regresaron. Decidí celebrar mi cumpleaños en casa y preparar una de mis queimadas con grappa italiana donde había que calentar al fuego para que prendiera. Al final nos juntamos diez personas entre amigos y conocidos. Al decaer la fiesta, poco a poco, fueron desapareciendo todos los invitados excepto Anne.

No sé de qué manera acabamos los dos sentados en mi cama sobre los talones, uno de sus muslos entre los míos y ella intentando que yo apreciara la diferencia y pronunciara correctamente je veux, chevaux y cheveux. Yo miraba su boca de piñón al pronunciar una y otra vez. La mía sería un poema verla también.

Entre risas y cierto acaloramiento por la queimada nuestros labios se fueron acercando poco a poco hasta terminar fundiéndose en un tórrido y deseado beso.

Hicimos el amor toda la noche hasta el amanecer, como si nos fuera la vida en ello.

La despedida fue un tanto aparatosa. Al salir de casa para acompañarla me di cuenta que había dejado las llaves dentro. Tuve que despertar a mi vecino Kevin y pasar desde su ventana a la mía mientras Anne se partía desde la calle. Lo que no sabíamos es que al día siguiente volvía Jeanne de Suecia, pero esa es otra historia…

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