Las mujeres, el sexo y yo (4)

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erótica en el autobús

 

En mi adolescencia también tuve mi época uraña y solitaria. Enfrascado en los libros, viviendo mil vidas que me gustaban más que la mía. Recuerdo perfectamente aquel verano. Un día me cogí mi toalla y mi libro y me fui a la playa en autobús.

En las mañanas calurosas, el autobús venía mucho más lleno de lo habitual. Apenas pude avanzar, era imposible. Delante de mí, una deliciosa morena más o menos de mi edad también parecía ir rumbo a la playa.

Intenté, dentro de lo posible, no rozarme con ella pues su maravilloso culo dentro de los vaqueros blancos había quedado a escasos milímetros de mi bragueta. De su nuca me subía su olor adolescente que me embriagaba. Yo me enfrasqué en mi lectura para evitar seguir poniéndome malo.

Pero entonces ocurrió lo inevitable. En la siguiente parada se volvieron a abrir las puertas y otra oleada de pasajeros terminó de llenar el abarrotado autobús. Este se convirtió literalmente en una lata de sardinas entre las protestas de los viajeros. Repentinamente, me vi empujado contra las nalgas de la muchacha del vaquero blanco.

Era imposible recular, mantener la distancia correcta, el espacio vital. No había manera. Yo estaba azorado, pero noté que ella no hacía nada por evitarme, es más, en lugar de bascular sus caderas hacia adelante para separarse, sentí que las basculaba hacia atrás como queriendo lo contrario, pegarse más a mí.

En ese momento yo comencé a sentirme doblemente azorado pues el vigor de mis 16 años emergió en todo su esplendor. Yo hundía mi cara en mi libro como queriendo enterrarme en él, pero mi traviesa amiga estaba dispuesta a jugar con lo que con seguridad comenzó a notar.

Aprovechando cada movimiento del bus, balanceaba sus caderas como queriendo sentirme mejor, acoplarse más hasta que terminé totalmente encajado entre sus glúteos.

En ese momento no pude más que cerrar mis ojos y dejarme llevar. El dulce balanceo del autobús nos fundía más y más en el más delicioso de los bailes y mi bella acompañante me sabía llevar muy bien, tanto que, en ese momento, desee que no llegáramos nunca a nuestro destino.

Pero ese momento llegó. La primera parada de la playa se acercaba y ella se bajó. Tonto e insensato de mí no me bajé corriendo detrás de ella sino que seguí obnubilado hasta mi parada habitual.

Por descontado que lo primero que tuve que hacer fue darme un chapuzón en las frías aguas de las Rías Baixas y creo que, desde aquel día, los autobuses me erotizan un poco. ¿Has leído mi historia de sexo en el Larrea? 😉

 

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