Mi Book

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sesión de fotos eróticas

 

Hace muchos años, cuando intentaba hacer mis pinitos en el mundo del porno, llamé a una fotógrafa para hacerme un book.

Busqué una en el Segunda Mano. Quería una mujer. Para ese tipo de fotos, me sentiría más cómodo y a gusto. Me imaginaba alguien de mediana edad, como el típico fotógrafo, pero mujer.

Cuando llegué a su estudio era una jovencita de menos de treinta. Y muy guapa, bien resultona vaya. Recuerdo que era julio, hacía calor.

Ella llevaba una camiseta blanca, típica de aquellos años, floja, sin sujetador y unas mallas negras. Le conté un poco el tipo de book que quería. Ella escuchaba, muy profesional, pero sentí que se ruborizaba un poco.  No es muy normal que lleguen y te planteen eso de buenas a primeras.

Empezamos la sesión. Ella me iba marcando los pasos. Primero vestido. Hacía muchas fotos controlando la luz los focos, la postura…todo en su línea. Luego con el torso desnudo, de frente, de espaldas. Muchas de espaldas. Decía que tenía una espalda bonita.

Descansamos un rato, charlamos sobre por qué quería dedicarme al porno. Le conté que era mi ilusión, mi fantasía desde que tenía trece años, desde que había visto mi primera revista, y me dije que yo quería hacer aquello, que quería formar parte de ese mundo.

Ella me dijo que estaba bien. Que había que intentar hacer realidad las ilusiones y que ella quiso ser fotógrafa siempre y  lo había conseguido. Y ¿por qué no yo?  Incluso bromeamos que, a lo mejor, hasta nuestras carreras se podían cruzar en el futuro y ser ella la fotógrafa de alguna de mis sesiones tórridas. Enseguida empatizamos.

Seguimos con la sesión en ropa interior. Me había llevado varios slips. Me encanta la lencería y siempre he usado cosas avanzadas y bonitas. De aquella, tenía un body blanco. Era muy morboso. Cuando lo vio se le pusieron los ojos a cuadros.

– Qué guay. ¡Cómo mola! -dijo mientras lo tocaba.

Ella siguió haciéndome fotos. Pronto estuve desnudo. La sesión siguió de espaldas. Era una forma de estar los dos más cómodos. así no había miradas incomodas.  No es tan crudo como el frente a frente.

Se recreaba en mi culo y, ya con familiaridad, me lo piropeaba.

– Enséñame ese culito respingón -decía. Incluso lo acarició en un par de ocasiones. Ya sabéis que los fotógrafos son muy tocones.

En una de esas sentí su mano en mi cadera y mientras lo hacía me dijo: “gírate“. Inconscientemente, tiré de la sábana que tenía para taparme. Me lanzó una mirada penetrante por todo mi cuerpo y me dijo que me quedara en esa postura. Me quedé cabizbajo, mirando al suelo.

– Deja caer la sábana -ordenó, y me hizo poner las manos abriendo los dedos como una celosía.

Se quedó un instante callada.

Empálmate -me dijo muy seria.

Me quedé un poco parado. Su propuesta me pilló a contrapelo.

– No pretenderás dedicarte al porno con un book sin erecciones, querrán saber tu tamaño y proporciones -aclaró.

Tuve un subidón y un bajón a la vez. Un subidón porque mi cabeza ya daba vueltas imaginándose cosas,  y un bajón porque tampoco quería que ella notase que yo estaba imaginando lo que no era.

Me di la vuelta y empecé a acariciarme. Aquello se resistía, mi concentración volaba. Ella se acercó por detrás.

Tranquilo -dijo mientras acariciaba mis nalgas.

Con esas caricias el efecto fue inmediato. Al instante estaba rampante, apuntando al techo. Tomó la cámara y se dedicó a a fotografiarla en todo su esplendor. Cuanto más la veía con su objetivo clavado en mí, mas me excitaba.

Entonces apareció mi parte exhibicionista. Me tocaba. Me masturbaba. Ella me incitaba a más.

– Así. Eso es. Tócate para mí. Mírame. Quiero verte lascivo -me picaba. En esos momentos, ella estaba disfrutando igual o más que yo con la escena. Estaba muy inmersa en ella.

De pronto, estábamos los dos inmersos en un juego maravilloso. Me desinhibí totalmente. Todo desapareció a mi alrededor. Sólo estaba yo y el ojo-objetivo de la fotógrafa. De lejos escuchaba sus órdenes, cada vez menos frecuentes. Ya no hacía falta que me dijera nada. Yo sabía perfectamente mi papel.

Ella no pudo evitar la tentación de tocar mi polla un par de veces con la excusa de colocarla en un ángulo perfecto. Todo estaba siendo muy morboso para ambos. Tan morboso que no pude evitar eyacular. Mis gemidos adelantaron la intención y le dieron tiempo a preparar el disparador.

Puso la cámara en disparo de secuencia automática y, mientras me corría, al escuchar el zumbido de la cámara visualizaba mentalmente cada fotograma de mi licor, disparando en todas direcciones.

Terminada la sesión charlamos y charlamos durante horas. Nos conocimos un poco más. Bastante más, después del momento tan íntimo que habíamos tenido. Ese día no pasó nada fuera de lo estrictamente profesional. Ni el día que pasé por su estudio para recoger el espléndido trabajo realizado.

Pero sí la noche que quedamos a posteriori para cenar, una vez terminada nuestra relación comercial. Y, después de esa, vinieron muchas más maravillosas noches junto a ella.

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