Masturbación masculina

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masturbación masculina

 

Hay mucho escrito sobre la masturbación femenina pero apenas se habla de la masturbación masculina. Hoy voy a describir una de mis formas favoritas de masturbación.

Para mí, es un acto importante y sublime que necesita de su tiempo y tranquilidad. Puede ser en un baño relajante de espuma o en la intimidad del sofá del salón por la noche.

Me gusta untarme de crema o aceite. Un primer contacto con las manos untuosas, juguetear con mi miembro pequeño y tímido, mis testículos relajados y distendidos. Sentir el contacto de los dedos despertándolo de su letargo. Acariciar suavemente su piel caliente y jugosa.

Un hormigueo lo recorre desde la raíz. Poco a poco, comienza a crecer y, al hacerlo, una sensación placentera lo recorre. Con mi mano alrededor de su cuerpo comienzo a acariciarlo subiendo y bajando con una ligera presión, la justa, para permitir que una erección plena lo hinche del todo.

Ahora sí. Ahora la puedo ver en todo su esplendor. Me gusta mirarla así, desafiante, palpitante, deseosa de caricias. Es ahora cuando cojo el bote de aceite y dejo que caigan chorros sobre el glande. Junto los dedos de mi mano izquierda y con las yemas lo acaricio muy suavemente sin herir su sensibilidad, como imitando un beso.

La sangre se agolpa volviéndolo más violáceo y brillante. El cosquilleo se vuelve deseo, el deseo se vuelve placer. Ahora son las yemas de los dedos de ambas manos las que juguetean por su superficie. Me encanta recorrer mi glande con ellas buscando los puntos de mayor o menor placer.

Comienzo por su boquita sensible y delicada, voy bajando por su corona tremendamente excitada y excitante. Subo de nuevo por la parte amplia de su capuchón más resistente y remolón a las caricias y bajo por el nervioso y eléctrico frenillo. Ahí me demoro, me envuelve la locura, lo masajeo con la yema del índice. Me quema, necesito más aceite y lo vierto. La excitación desciende un nivel hasta límites todavía soportables. Quiero mantenerla todavía.

Comienzo de nuevo. Paso de las partes menos sensibles a las más y la excitación va en aumento. Mi mano izquierda se apodera del tronco, la derecha acaricia la parte superior, desde la piel más fina y sensible hasta subir al glande sísmico. Continúo así, aumentando la presión y la velocidad.

Los testículos se recogen y aprietan contra mí y los acaricio. Bajo mis dedos siento la raíz de mi sexo, dura, potente, cosquilleante. Continúo deslizando mi mano como un guante sobre toda la superficie. Cada vez más firme, cada vez más fuerte, cada vez más rápido.

En mis riñones comienza a forjarse el placer, algo que surge de la médula e irradia, siguiendo un conducto imaginario, hasta mi sexo. Otro rayo sube por la médula hasta llegar al cerebro. Los dos estallan a la vez en oleadas voluptuosas y las compuertas se abren liberadoras. La tensión se concentra y se disipa al instante. El semen sube a borbotones y sale acariciando el conducto con una sensación muy placentera. Cada chorro es una liberación, las sensaciones de alivio se suceden, la presión desciende.

Continúo exprimiéndolo como queriendo extraer hasta la última gota de placer y, lentamente, la erección se evapora entre mis dedos.

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