Luna Llena

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noche de sexo con luna llena

 

Mi hermana no llega…

Pues dale un toque.. ¡Mira que a tu edad pringar de canguro, jajaja! ¡Cómo te engañan! Te espero en el Runaway. Venga, “runaway”…corriendo.

Si estoy de trapillo y con sandalias… ¡con la que está cayendo!

Pero hace calor. Además no necesitas más y estarás más cómoda. Date prisa. Te espero.

Ok. Te llamo cuando esté.

Salí volando para Brunete. La lluvia comenzó poco a poco a desaparecer. Aparqué al lado del Ayuntamiento y me di una vuelta aspirando el embriagador aroma de las lilas. El cielo estaba ahora totalmente despejado. La luna brillaba en lo alto del cielo en todo su esplendor. El bochorno del día había desaparecido dando paso a una agradable noche primaveral.

Me crucé con dos universitarias que llevaban unas bolsas cargadas de bebidas para su botellón. Me miraron sonrientes. En otro momento me hubiese autoinvitado pero tenía una importante cita contigo.

Entrar en el Runaway es como transportarse a una ciudad americana. Parece el bar de Regreso al Futuro con su decoración, perfectamente conseguida. No había mucha gente, principalmente estudiantes de la cercana universidad.

Me pedí una cerveza y apenas me dio tiempo a observar el ambiente cuando recibí tu llamada.

¿Dónde estás?

En el Runaway, como te dije.

Llego en dos minutos.

Corre, te estoy esperando.

En dos minutos exactos se abrió la puerta y te acercaste con tus habituales andares apresurados. Una falda negra de punto hasta los tobillos, una camiseta y una chaqueta negra muy larga también de punto y tu preciosa sonrisa al verme. No necesitabas más para estar radiante.

Nos sentamos muy juntitos en la barra. Deseosos de tocarnos, besarnos. Charlamos de mil cosas pendientes tras dos semanas sin apenas poder comunicarnos. Pero nos apetecía pasear a la luz de la luna.

La noche había refrescado.

Mira –dijiste señalando tus pezones hinchados como pitones bajo tu camiseta.

Yo me lancé a comprobar su dureza. Pero quería más. La calle estaba totalmente desierta. Te miré con ojos pícaros y sin apenas darte cuenta ya tenía un pezón entre mis labios saboreándolo.

Seguimos paseando mientras jugábamos un poco al corre que te pillo. Yo te levantaba la falda hasta dejar tu culo al aire intentando colar mis dedos entre tus braguitas. Tú te resistías cada vez más cachonda.

Llegamos a un parquecillo y nos sentamos en un banco frente a la luna. Su luz resaltaba tu rostro espectacularmente.

Nos besamos ardientemente. Mi mano descendió entre tus faldas buscando tu recóndito volcán incandescente.
Puse uno de tus muslos sobre el mío separando tus piernas. Tú las cruzabas.

¡Estás loco! No, no, no. – y al instante decías entre risas acaloradas –aunque diga no es que sí.

Absortos contemplábamos tu rajita iluminada por la luna mientras dos de mis dedos desaparecían en su interior. En pocos instantes juntaste tus muslos entre estertores y convulsiones calladas, aprisionando mi mano. Así permanecimos un tiempo entre besos húmedos y lentos.

De vez en cuando, se oían pasos a nuestra espalda de gente que regresaba a casa o salía a pasear al perro. Nosotros disimulábamos, callados para proseguir en cuanto desaparecían.

Ahora eras tú la que investigaba los botones de mi pantalón. Tus dedos acariciaban mi miembro bajo la tela del slip. Su reacción no se hizo esperar. Un coche aparcó justo enfrente de nosotros. Esperamos a que se bajasen pero sus ocupantes también tendrían cosas que hacer o ver.

Tu proseguiste con tus caricias. Con un dedo levantaste la cinturilla y mi sexo se levantó erguido saludando a la luna. Su luz le daba una belleza especial y excitante. Tú te inclinaste para llevártelo a la boca. Estabas sedienta de mí. Yo me recliné en el banco y me dejé hacer mirando al cielo estrellado.

De nuevo, ruidos a nuestras espaldas te obligaron a interrumpir tus deliciosas caricias, y, de pronto, fuimos conscientes de que la noche había refrescado más. La humedad del banco traspasaba nuestras ropas.

Propuse otra copa en el Runaway y tu aceptaste.

Emborráchame y luego haz conmigo lo que quieras, como si me quieres llevar al cementerio -bromeaste sobre el lugar donde las parejas del pueblo aparcaban sus coches, alejadas de las miradas indiscretas.

Al entrar sentimos el calorcito del local. Allí estuvimos hasta que cerraron, charlando y riendo mientras nos comíamos todos los boles de palomitas de la barra. El aire libre nos había abierto el apetito.

Cuando salimos te dije al oído que me llevaras al cementerio. Cogimos tu coche, más cercano que el mío, y tomaste la calle que subía hacía el norte hasta que desaparecieron las últimas casas.

Pasando el cementerio continuaba un camino rural entre campos de cereales que terminaba en un bosquecillo, seguro que de encinas.

Sigue por ahí -te dije mientras buscaba el sitio perfecto para nosotros hasta que vi un camino más estrecho que el anterior que salía a la izquierda. –Coge ese camino a la izquierda. Para aquí. Es perfecto.

El ruido del motor dio paso a un silencio con música de grillos. Nos quedamos callados contemplando frente a nosotros el encinar recortado en el cielo estrellado sobre un mar de cereal que se movía en olas plateadas de luna.

Continuamos con lo que habíamos dejado a medias en el parquecillo. La temperatura del habitáculo subía por momentos.

Sal del coche – te ordené y obedeciste al instante dando la vuelta hasta llegar a mí. Te di la vuelta y puse tus manos en la barra del techo del vehículo. Levanté tu falda y te penetré sin ningún impedimento porque tus braguitas se habían quedado colgadas del volante.

La vista hacia el coche no me gustaba, así que te di la vuelta, y me apoyé yo en el coche, detrás de ti pero sin salir de ti.

Ahora sí. Ahora te poseía mientras los dos nos recreábamos en el paisaje que teníamos frente a nosotros como un cuadro de Van Gogh

Me encanta -es lo único que pudiste vocalizar totalmente erotizada por el instante tan sublime. Mejilla contra mejilla. Mis manos en tus pechos. Mi sexo dentro de ti, haciéndote el amor despacio, suave, al ritmo de los grillos que nos cantaban.

Te cogí de la mano y te tumbé sobre el capó del coche todavía calentito. Así, con las piernas abiertas y tu torso desnudo iluminado por la luna, comencé a follarte mientras mis manos libres recorrían tu cuerpo en caricias urgentes.

¿Me vas a beber? -te pregunté, y contentaste que sí con una sonrisa de luna.

Te incorporaste hasta pegar tu pubis a mi muslo mientras extendías tus jugos sobre mi verga a punto de explotar. Cuando sentiste que mi límite estaba a punto de rebasar, te acuclillaste y bebiste el néctar nacarado que brotaba sin cesar.

Me ha encantado. Me lo he pasado genial -dijiste con satisfacción en tus ojos.

Ha sido realmente especial -afirmé besándote.

Corrimos a refugiarnos en el coche pues el rocío comenzaba a hacer de las suyas, tanto que mientras escribo esto tengo el paquete de kleenex a mi lado.

¡Claro! Toda la noche con el culo al aire….

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