Larrea

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relato XXX en un autobús

 

Todos los veranos, al comenzar el mes de Julio, me subo a la sierra a vivir.

Allí se está fresquito. Por las noches se puede dormir, incluso es necesario un edredón y con la ventana cerrada. Compensa el bajar todos los días a trabajar a Madrid en autobús. En el Larrea, como familiarmente le llamamos.

A veces, te encuentras a alguien conocido con quién vas charlando durante los 45-60 minutos que dura el trayecto. Sino, me enfrasco en la lectura de alguno de mis libros.

Una tarde, de regreso del trabajo se subió una morenaza de quitar el hipo, más o menos de mi edad, con un vestido negro, entallado a la cintura y con un poco de vuelo. La seguí con la mirada, deseando que se sentara a mi lado, simplemente por sentir su presencia, aspirar su perfume.

Ella clavó sus ojos negros en mí y, sin desviar la mirada, continuó andando hasta sentarse a mi lado. Parecía como si mentalmente la hubiese atraído hacia mi.

Ella se arrellanó en el asiento, sobre el regazo cruzó las manos sobre una rebeca y se reclinó cerrando los ojos como intentando dormir. Yo me concentré de nuevo en mi lectura esperando que el bus saliera.

Al empezar a moverse por las curvas del intercambiador, su brazo rozó el mío, nuestros vellos se entrecruzaron, una sensación que me electrizó. Yo mantuve el contacto sin alejarme y ella… también.

En la siguiente curva nuestras caderas, nuestros muslos hasta la rodilla se pegaron.  No hice nada por evitarlo y ella tampoco, pues seguía haciéndose la dormida, o eso parecía, mientras que su cuerpo permanecía libre a los vaivenes del viaje.

Apenas me podía concentrar en la lectura, sólo podía pensar en el roce de su piel, de su cuerpo que cada vez era más intenso. Sentía la presión de su muslo contra el mío y, por supuesto, yo presioné el mío contra el suyo dándome por enterado de sus señales.

Me dediqué a pasar hojas sin sentido, para así al mover el brazo y rozar más intensamente el suyo en algo que ya se iba pareciendo a una caricia sensual. Ella no sólo no lo evitaba, sino que aprovechaba cada movimiento para también acariciarme con su brazo.

Comenzaba a estar más que acalorado, la excitación aumentaba en mí, y me dije a mí mismo “no hay duda. Es el momento. Aprovéchalo como tu sabes”. Todavía no había terminado de pensarlo cuando mi mano izquierda se movió, casi involuntariamente, hasta posarse en la rodilla de ella.

El tiempo se detuvo en ese instante. Por unos segundos, la dejé inmóvil esperando su reacción  que reacción fue apoyar su cabeza en mi hombro y separar ligeramente las piernas en un movimiento casi imperceptible,  pero que decía mucho. Lo decía todo.

Todavía le quedaba mucho camino al bus y a mi también por lo que no había tiempo que perder e inicié el ascenso desde su rodilla por su muslo. Sentía su piel suave, muy suave, deliciosamente cálida, más a medida que mi mano se deslizaba por el interior de su muslo que se iba separando un poco más a mi paso.

La rebeca sobre sus rodillas tapaba mis incursiones de la vista de los del asiento del otro lado del pasillo, que iban concentrados en su conversación. Pronto la yema de mis dedos alcanzó la tan deseada meta.

Sentí la tela de su braguita abultada y mullida en el vértice de sus maravillosos muslos. Mi dedo medio se deslizó de abajo a arriba marcando el surco del placer. Pude comprobar su calor y su humedad que ligeramente comenzaba a traspasar la tela.

Ella suspiró profundamente mientras proyectaba su pubis hacia adelante y arriba facilitándome la tarea. Fácilmente, pude deslizar mis dedos por el lateral apartando la tela y sentir la suave piel de sus labios depilados. Mis dedos bebieron de su jugosa vulva y comencé a deslizarlos por sus labios, totalmente húmedos.

Los abría, los acariciaba, los imaginaba, mis dedos jugueteaban reconociendo todo el terreno conquistado y rendido. Mientras hacía esto, tomé su mano derecha y la llevé a mi bragueta, que ya estaba terriblemente abultada. Mi libro continuaba abierto sobre mis piernas, así que tapaba la visión de las maniobras de su mano. No tuve más que darle la vuelta poniéndolo a modo de tienda de campaña.

Con mucha destreza y sin apenas darme cuenta, en un instante, ya me había desabotonado y su mano estaba alrededor de mi miembro, acariciándolo arriba y abajo. Yo también estaba tremendamente húmedo y ella mojaba sus yemas en mi y se dedicó a acariciarme el glande con una sabiduría especial.

Mientras tanto, mis dedos habían alcanzado su clítoris, ya duro e hinchado, y estaban masajeándolo con mayor intensidad a cada momento. Ella hacía lo mismo conmigo. Giré mi cabeza para posar sus labios en su cabello. Aspiré su perfume que me embriagaba y cerré también los ojos dejándome llevar mientras el autobús volaba por la autopista.

Intensifiqué mis caricias al sentir como sus muslos se tensaban contrayéndose. Su mano se aferró como una posesa a mi polla. De pronto cerró sus muslos aprisionándo mi mano entre ellos con una fuerza descomunal.

Apenas un gemido salió de su garganta, su respiración se paró entre convulsiones contenidas que venían por oleadas más o menos intensas. Mis dedos continuaban presionando sin moverse, sintiendo los pálpitos deliciosos de su coño mojado.

Una larga espiración fue aflojando su cuerpo que se relajó, excepto su mano y sus dedos, que reanudaron sus caricias sobre mi sexo. Apenas me dio tiempo a sacar un kleenex del bolsillo y ponerlo sobre mi glande, como solía hacer el el cine cuando íbamos a la fila de los mancos, y me derramé sobre sus dedos finos y delicados que tanto sabían del placer masculino.

Nos acercábamos ya a las primeras paradas. Ella se limpió la mano elegantemente con otro pañuelo que le alcancé. Yo también, como pude, aunque el pobre libro todavía recuerda aquel momento con varias de sus hojas pegadas.

Se alisó el vestido, sacó el espejito del bolso y se observó en él mientras acariciaba sus mejillas todavía arreboladas. A través del espejo pude ver sus preciosos ojos todavía brillantes de placer que me sonrieron cómplices y traviesos.

Llegó su parada, se levantó y, mientras esperaba que abrieran la puerta, me miró por última vez tan intensamente que me sentí follado sin miramientos. La vi alejarse, adelantándose al bus, observando sus andares sensuales un poco más marcados de lo que sería habitual, pues se sabía observada  y, seguramente, sentía la caricia de mi mirada mientras la desnudaba mentalmente, al tiempo que  pasaba los dedos de mi mano izquierda por mi nariz aspirando su voluptuoso aroma de mujer.

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2 Comments
  1. Lamia
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