Iara

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Quedamos para ir al cine. Nos conocimos tiempo atrás a través de internet. Nuestros primeros contactos fueron de mucho respeto y admiración por mi parte. Eras una mujer, por lo que podía ver, fuera de lo común. Qué no encajaba en lo que estaba acostumbrado a ver. Te interesaste por mi perfil, te gustó lo que ponía, también te pareció distinto. Charlamos varias veces seguidas, recuerdo que eran las Navidades. Encontramos gustos comunes, aficiones, inquietudes similares. Poco a poco cierta amistad se iba forjando y me gustaba ahondar en ella. Me interesaba tu personalidad, me gustaba.

 

Había descartado totalmente cualquier acercamiento con connotaciones sexuales. Yo no te interesaba como tal, tú buscabas otra cosa y yo también en ese momento. Pero quería seguir manteniendo la amistad por encima de todo, me parecías una persona con mucho que aportar, muy amigable desde el primer momento, con quién pude tener cierto grado de confidencia. Siempre que podíamos chateábamos un ratillo, comentábamos cosas, me hablabas de tu libro, de tus estudios, de tus proyectos, de ti en definitiva. Me gustaba la forma en que confiabas en mí y yo también me sentía muy a gusto contándote mis cosas.

 

Los últimos meses, quizás por falta de tiempo, nuestros contactos eran menos constantes, más esporádicos. Una breve charla, un saludo fugaz, poco más. Pero la última semana, no se cómo, comenzamos a charlar más a menudo. Tan a menudo que nuestros chats duraban horas. Tanto por la mañana como por la noche. Hablábamos de todo lo divino y lo humano, reíamos, nos contábamos nuestras vidas, nuestros amores, secretos inconfesables. Comenzamos a conocernos más y más profundamente. Hubo algo, no se el qué, que hizo que nuestra relación diera un giro.

 

De pronto, una noche al apagar el ordenador me di cuenta que empezabas a gustarme, tal vez demasiado. Desde esa comencé a mirarte con otros ojos, incluso a flirtear contigo muy discretamente. Tan discretamente que seguro ni lo notaste. Me sorprendía a mí mismo como un colegial contemplando tus fotos. Admirando tu frente despejada, el arco amplio de tus cejas que te dan un aire de persona curiosa, siempre con los ojos bien abiertos, dispuesta a aprender y aprehender todo lo que te brinda la vida. Tu sonrisa amplia, generosa, limpia, franca, noble. Tu cuello elegante y sensual. Una belleza serena, madura, con la sensualidad que emana de la inteligencia.

Por fin me atreví a invitarte al cine, con la excusa de conocernos en persona después de tanto tiempo hablando. Quería comprobar que eras de carne y hueso. Sin más pretensiones. No esperaba nada de ti, ni lo pretendía. Aceptaste encantada. Quedamos en un bar al lado de los cines. Yo llegué antes, nervioso. Tú apareciste al rato. Más alta de lo imaginado o era yo el que empequeñecía. Nos saludamos y fijé mis ojos en los tuyos. Mantuviste un instante tu mirada curiosa. Yo me fijé en tus pupilas y sentí caerme en ellas…

Tras un primer instante de reconocimiento mutuo y nervios comencé a sentirme muy cómodo en tu presencia. Pronto retomamos nuestras habituales charlas y risas, pero ahora cara a cara, viendo tus gestos, tu cara, tu sonrisa, tus expresivos ojos. Todo tu cuerpo hablaba a la vez que tu boca, se nota tu formación en expresión corporal. Por primera vez oía tu voz, melodiosa, bien modulada. Creo que en ciertos momentos te sentiste radiografiada por mi manía entomológica de examinar a las personas.

 

Tras la película decidimos ir a picar algo por los alrededores. Salimos con buen sabor de boca del cine y nos apetecía comentar la peli. Yo me sentía muy a gusto en tu compañía y me pareció que tú también lo estabas en la mía. Nos dirigimos a las tabernas de la calle del Nuncio, allí pedimos un buen vino y unas tapitas deliciosas. Yo te escuchaba atento, cada vez me sentía más encandilado por tu forma de expresarte, tan vivaz.

Hablamos de cine, de teatro, de literatura, de música. Te comenté que uno de mis pasajes favoritos era el Bereite dich, Zion, mit zartlichen Trieben del Oratorio de Navidad de Bach. Resultó que era también una de tus piezas preferidas. Compartimos el gusto y la emoción por lo sublime. Hay una leyenda China que dice que los seres humanos estamos unidos por hilos de seda invisibles. A veces, sin saber cómo ni porqué, uno de esos hilos comienza a acortarse hasta que esas dos personas se unen. Yo me sentía como en la leyenda, nuestro hilo se había tensado al máximo hasta acercarnos el uno al otro.

 

Salimos de cenar. La noche primaveral se había aliado con nosotros. Una temperatura ideal para caminar, la luna llena en lo alto, la escenografía perfecta. Nos dirigimos hacia Rosales, teníamos los coches allí y de paso nos apetecía sentarnos en una terraza por primera vez en la temporada. No me preguntes por qué calles fuimos ni lo que tardamos tan absorto que iba en nuestra conversación. Recuerdo que ya en la terraza, al cabo del rato dijiste: – Sabes? Me apetece caminar descalza por la hierba, a ti no? Lo dijiste con cara de niña traviesa, como de querer cometer una pequeña locura. -Ven y me cogiste de la mano cruzando corriendo hacia el Parque del Oeste.

Una vez allí nos descalzamos y sentimos nuestros pies libres en contacto con la hierba. Qué sensación más gozosa, casi voluptuosa, sensual. Correteamos sobre la hierba haciendo el indio como dos críos, saltando, riendo, gritando, libres, felices. Tú te dejaste caer sobre la hierba en una zona inclinada entre dos árboles, yo me tumbé a tu lado, nuestros cuerpos tocándose, jadeantes, risueños. De pronto te miré, el silencio se apoderó del parque, sólo los búhos ululaban a lo lejos. -Acaríciame, dijiste…

Mi mano voló hacia tu pelo, sedoso, suelto y comencé a acariciarlo mechón a mechón entre mis dedos. Tú cerraste los ojos reclinada sobre mi hombro. -Me gusta tu perfume, susurré. -No llevo perfume, contestaste. Mientras, volutas de noche nos envolvían. Acerqué mis labios a los tuyos abiertos como pétalos y saboreé la dulce fruta de tu boca. Nos separamos un instante y te miré a los ojos. La noche y el día se concentraban en ellos y de nuevo el vértigo me hacía caer en ellos. Tomé tu mano entre la mía y la llevé a mi boca para besarla, acariciarla con mis labios.

 

Tú te soltaste para recorrer con el dorso mi mejilla y dejaste demorar tu dedo sobre mis labios. Me coges de la barbilla y me besas de nuevo. Mis manos pasean por tu cuello hasta tu nuca delicada, me encanta acariciarlo. A ti también te gustan mis caricias. Tu gesto es relajado, sonriente, tus ojos se cierran a cada caricia. Siento tu cuerpo buscando el mío, cálido, acogedor. Mi mano recorre tu perfil como queriendo dibujarlo, hacerlo evidente para guardarlo en mi memoria. Nuestro aliento se confunde en la intimidad del beso. Te abrazo y rodamos sobre la hierba húmeda sin importarnos, ajenos al mundo exterior.

 

Tumbada sobre mí, tus cabellos me acarician. Los recojo atrás. Tú alzas tu cabeza exponiendo tu cuello a mis besos que lo recorren con delicadeza arrancando notas de pasión a su paso. Con una sonrisa golosa guías mi mano hacia tu pecho, firme, pequeño. Mientras te acaricias, te incorporas un poco sobre mí. Tu falda arremolinada sobre nuestros cuerpos. Me buscas, te encuentro, me sientes.

En este momento somos dos adolescentes descubriendo el placer en sus cuerpos. Me aventuro bajo tu falda buscando tu piel. La piel aterciopelada de tus muslos. Volvemos a rodar sobre el césped. Tú quedas de espaldas, yo me inclino sobre ti. Mis caricias son ahora más atrevidas. Nuestros besos más ávidos. Mi mano, más osada, se aventura bajo tu jersey para deslizarse por tu vientre. Siento tu calor al contacto con mi palma. -Me gustan tus manos, me encanta como me acaricias, dices. -Quiero más.

Azuzado por tus palabras subo mi mano por tu costado hasta tropezar con el sujetador. Lo dibujo con mis dedos, sigo sus costuras, el tirante, sus blondas. Siento la suave piel de tu seno en la yema de mis dedos que se pierden bajo la tela. Leo la forma de tu pecho, de tu escote, siento tu pezón bajo la tela buscando el calor de mi mano. Bajo tu falda, tus piernas bailan con mi mano, juegan, giran, me aprisionan. Acaricio tus muslos cálidos, sedosos. Mi mano vuelve, se revuelve, busca, siente, encuentra. Encuentra tus bragas, explora, acaricia, caricia íntima, gozosa, jugosa. Siento tu boca en mi oreja, tu aliento cálido, tu dulce gemido. -Me matas, dices. -Me muero, digo. El amanecer nos sorprendió entre caricias, besos, susurros, silencios. Nos levantamos con cara de sueño y amor, cierto desaliño juvenil y sonrisa de luna en los labios. Te invité a desayunar y nos fuimos buscando un bar, abrazados, con nuestros corazones entrelazados y siendo ya un poquito más uno del otro.

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