Qué noche la de aquel día

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BDSM

 

Tantas Sombras de Grey, cuando el verdadero BDSM es esto…

Me pasó una cosa hará un par de semanas. Quedé con una amiga. Me dijo que, a su vez, había quedado con una amiga suya, sumisa. Anteriormente, le había comentado que nunca había estado con nadie que practicara BDSM y ella lo había organizado todo con esta chica. Le habló de mí y de que quería estar presente en una sesión.

Normalmente, cuando quedo con alguien para ciertas cosas, y no la conoces previamente, suelo tener una cita previa para charlar, tomar un café, una copa, conocerse. Vamos, lo que se diría intimar, romper el hielo, crear la atmósfera, el morbo, la excitación.

En esta ocasión, no. Llegamos los dos a su casa. Cómo si fuéramos la poli, mi amiga aporreó la puerta.

-Soy yo, abre -dijo y, de un golpe, terminó de abrir la puerta entreabierta. Mi amiga se transformó al instante. De ser una mujer superdulce y divertida se metió totalmente en su papel. Ni me presentó, ni leches.

La chica ya venía con la correa al cuello, como un perrillo. ¡Qué lástima! Mi amiga la cogió de la cadena y la llevó al centro del salón.

En un momento, la desnudó entera, tocándola, pero con cierto desprecio, no mucho, con toques certeros que dan placer pese a la ligera brusquedad. Rápidamente, le metió los dedos en el coño.

Está caliente la muy perra. Mira – dijo, y sacando los dedos los metió en mi boca. Flipante. Comiéndome los jugos de una tía que acabo de conocer y que ni siquiera se su nombre.

Mi amiga siguió preparándola. Le decía que yo había ido a follármela, que se fuese preparando, que le iba a reventar hasta el culo y que me tendría que hacer todo lo que ella ordenase. Mientras le decía estas cosas la manoseaba, le pellizcaba el culo, le agarraba una nalga estilo camionero. Le abofeteaba una teta, se las estrujaba. Con una mano le metía los dedos en el coño, a lo bestia.

Le ordenó que se sentase en el sofá. Ella se puso enfrente y empezó a tocarse mientras se desnudaba. Las dos se miraban fijamente y mi amiga no paraba de decirle procacidades. Yo estaba a tope, y, para no desentonar, empecé a quitarme algo de ropa. Me saqué la polla y comencé a masturbarme delante de ellas.

Mi amiga acercó su coño a la chica. Le agarró del pelo y hundió su boca entre sus muslos. ¡Cómo se restregaba! ¡Qué ansia! Yo me acerqué para ver bien. Los labios de la chica besándose con los labios de la vulva de mi amiga. ¡Qué restriego bufff!…. Entonces, mi amiga le ordenó que me cogiera la polla.

Yo ya empezaba a tocar por todas partes, una de mis aficiones preferidas.

– Yo te la preparo -me dijo y se agachó para empezar a comérsela.

En mi vida había visto comer a una mujer así. ¡Joder! ¡Qué ansia! ¡Cómo le escupía saliva! Empapada la tenía. Le masturbaba a lo bestia. Tenía el coño hinchadísimo, rojo, rojísimo, pero la chica estaba a tope. Se lo abofeteaba, le propinaba cachetes con la palma en toda la vulva que le hacían retorcerse de placer.

Mira -me decía –¿te cabrá aquí? -y lo abría metiéndole dos dedos en su vagina mientras le escupía dentro. ¡Cómo acertaba la tía!

Escúpele -me mandó.

Empecé a hacerlo. Terminamos juntando nuestras lenguas sobre su coño empapado de salivas. Le metió tres dedos y empezó a mover la mano y el brazo compulsivamente. Casi la levantaba del sofá. ¡Cómo la follaba! La chica gritaba. Tenía todo el pecho rojo, congestionado a punto de orgasmar, o de haber orgasmado una y mil veces.

Me desboqué y tomé la iniciativa. Era nuestro juguete y así la tomé. Le agarré del pelo y le metí la polla en la boca y empecé a follársela a lo bestia. Sosteniéndola de la nuca, se la metí toda, hasta la garganta. Cuanto más al fondo más saliva me echaba. ¡Cómo la tragaba! ¡Qué arte!

Empece a increparle, diciéndole guarradas.

¡Cómo comes pollas! Te las comes de dos en dos, seguro. Esta es poco para ti. Tu necesitas dos en tu boca y dos en tu coño, ese coño que está deseando que lo rompan dos pollas -le espetaba, y cuantas más bestialidades le decía, más salvaje se ponía, más me devoraba. Me comía con tanta ansiedad que casi me desuella, labios, dientes, todo. A lo bestia. Empecé a abofetearle con mi polla.  Me untaba en saliva el glande y se la metía de nuevo en la boca.

Mi amiga mientras le estrujaba las tetas. Le cogía del cuello y le obligaba a comerme más.

– Cómetela toda, vamos -le decía al oído, siempre muy mandona, siempre follándola con los dedos.

En un momento la cogió, la tiró hacia atrás, le abrió bien las piernas y se las levantó bien separadas.

¡Revienta a esta perra! Dale su merecido hasta que suplique que pares -se dirigió a mi. Yo metido en el rol, parecía un doberman a punto de saltar al cuello a su presa.

Me lancé a follarla sin miramientos. Nada de ir entrando despacito con besitos y dulzura. Nooooooo. A lo bestia y hasta el fondo en la primera embestida. La verdad es que no hubo resistencia. Estaba bien preparada.

Mi amiga se sentó en su cara, mirándome. Le agarró del cuello, como ahogándola, mientras restregaba su rajita por su boca. No la dejaba respirar y yo, mientras, follándola cada vez más bestia. Se corrió casi al instante. ¡Qué convulsiones! Parecía epilepsia. ¡Qué gritos! Joder.

Mi amiga se puso muy perra.

– Vete de aquí -y la echó a empujones. Se puso sobre mí y empezó a cabalgarme. A galopar, mejor dicho.

Ven -ordenó a la otra y le agarró de la correa metiéndole la cara en su culo.

Cómenos –siguió autoritaria, y la chica nos lamía a los dos mientras follábamos. Sentía su lengua en mis pelotas  o un frescor en la base de mi polla de sus lametones. Un par de veces la sacó y me rebañó los jugos de mi amiga.

¿Está buena verdad? ¿A qué sabe? ¿A polla o a coño? -preguntaba mi amiga para luego meterle la cara en su coño y, después, le pidió que cogiera mi polla y se la metiera otra vez: métemela, vamos, ¿a qué esperas? Dame su polla.

Más tarde se levantó y sentó a la chica sobre mí. Con las manos agarró su culo y empezó a moverlo como si me follara ella. De arriba a abajo. Dirigiendo sus movimientos. Entonces mi amiga hizo lo mismo que la chica antes: nos comió a los dos. Nos mojó bien chorreantes. Casi flotábamos el uno en el otro. En un momento sacó mi polla y se puso a abofetearla. Estaba tan tieso que no sentía el dolor. Me gustó verla.

Me la comía y la metía de nuevo, alternando. En una de esas, la levantó y la puso a cuatro patas. Le metió la lengua en el ano, toda entera, una buena lengua enterita violándole el culo, follándola con ella, abriéndoselo con los dedos. Echándole saliva.

Reviéntale el culo, vamos, reviéntaselo cabrón -y me agarró, me dio dos chuponazos que casi me la arranca y se la clavó a la chica hasta bien dentro. ¡Cómo gritaba! La pobre estaba cerrada aún al fondo, pero yo nada, todo para dentro, a destrozar. Como un ariete.

Mi amiga seguía haciéndole lo que se le ocurría: o se sentaba en su espalda separándole bien las nalgas o le metía el coño en la cara, o le golpeaba las tetas o le masturbaba el coño por debajo, a lo bestia. No la dejaba tranquila, sin parar. Venga, venga. Ansiosa, ansiosa.

Luego quiso ella y se puso en pompa a su lado y, así, me las fui follando a las dos, alternativamente. Ellas se besaban. Bueno, mi amiga la comía literalmente. Tenían los labios hinchados de tanto morreo.

Hinchados estábamos los tres. Nuestros cuerpos. Nuestros sexos. De hacerlo tan recio, con tanto roce estábamos rojos, hinchados, irritados. Pero felices, así seguimos. Yo no podía más.

Quiero correrme. ¿Queréis mi leche? -pregunté.

Dásela a ella -dijo mi amiga. – Dásela toda.

Se sentó encima de su culo. Me quitó el preservativo y empezó a ordeñarme. Con la otra mano le abría bien las nalgas y el coño.

Al masturbarme dirigía el tiro a todo el culo de la chica. “Luego lo desviará” -pensé, pero cuando comencé a gruñir, con las oleadas, dirigió bien mi polla al ojete abierto de la chica.

Los tres primeros disparos entraron directos. Los otros dos en los labios de su coñito.  ¡Cómo chorreaba aquello! La chica empapada de mí, llena de mi semen. Su culo boqueante soltándolo, chorreando por toda su vulva.

Mi amiga, para rematar, empieza a extendérselo por todo el coño como una crema. Después, cogió una toallita húmeda y me la limpió.

– Vístete -me dijo y le tiró la toallita a la chica.

Nos vestimos y nos marchamos sin decir nada. Flipé.

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