Glory Hole

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Todo surgió tras una conversación en el foro.

Alguien habló sobre el sex shop de la plaza de los Cubos y de sus Glory Holes. Sí, esas cabinas individuales con un agujero situado a una altura estratégica. Comentaron que había sido una experiencia gratificante para ambos participantes.

La novedad unida a lo excitante del no ver, del no tocar. Aunque solo practicaron entre los dos sus imaginaciones, volaron al infinito. Barbarella y yo comenzamos a bromear sobre organizar una visita con Pygar, su pareja, y yo. Lo que comenzó como una broma, poco a poco fue tomando forma, aunque  el parón veraniego lo dejó en standby. Hasta que un día, a la vuelta de vacaciones, recibí un mensaje de ella indicando fecha, hora y lugar.

Ni que decir tiene que mi corazón dio un vuelco en el instante de leerlo. Me presenté, a la hora exacta, en la terraza citada cerca del local. Estaban los dos radiantes, bronceados,  guapos, sensuales. En cuanto me vieron una amplia sonrisa iluminó sus caras. Barbarella me saludó con más efusividad esta vez. Su abrazo, unido a un beso cerca de mi oído mientras me susurraba piropos, lo noté muy cálido y cercano.

Nos quedamos un rato más en la terraza, charlando sobre las vacaciones distendidamente. Me di cuenta que ella se había puesto la falda que tanto me gustaba y se lo hice notar con la mirada. Ella también lo advirtió y se puso a juguetear con los dedos en el dobladillo mientras su pierna libre balanceaba abriéndose y cerrándose, provocando intencionadamente que la tela se tensase y pudiese vislumbrar a intervalos la blancura de su braguita cubriendo su entrepierna. Su otra mano acariciaba la mía mientras charlaba.

Fui yo el que, rompiendo el hielo, propuso aventurarnos en el local. Barbarella nos tomó a cada uno del brazo y escoltada nos guió hasta la puerta. Una vez dentro ese goloso nerviosismo se apoderó de nosotros. Nuestras miradas brillaban de curiosidad, de deseo, de todo a la vez.

El dependiente nos enseñó el local explicándonos como funcionaban las cabinas. Elegimos las más apartadas. Ella eligió una y nosotros nos metimos en las adyacentes, uno a cada lado de la suya. En las paredes, dos agujeros de borde acolchado a la altura de la ingle. Nada más.

Al otro lado oía risas, cuchicheos. Me agaché para espiar y la vi con su mano agarrando la polla de Pygar que asomaba ya por el hole de enfrente.

Qué rapidez! -dije. Ella me miró.

-¿Qué haces ahí? Venga, vamos- me invitó a hacer lo mismo.

Me incorporé, bajé mi pantalón y asomé mi miembro que ya estaba despertando. Enseguida sentí su mano, sus dedos recorrerme. El no poder ver intensifica el sentido del tacto, desata la imaginación. Imaginaba sus ojos posados en mi viéndome crecer mientras su mano provocaba mi erección.

Por los murmullos sabía que ya le tenía  entre los labios, los  gemidos de él se acentuaban, los de ella se hacían más guturales. De pronto lo sentí. Era un tacto totalmente diferente, más suave, más fresco, más húmedo. Inconfundible, eran sus labios carnosos, era su lengua, era su boca…..

Y yo sin poder ver, sin poder tocar…. Sólo sentir y de qué manera.

En un primer momento me dieron ganas de tirar abajo la pared, de traspasarla, pegando bien mi pubis al máximo, mientras sentía como Barbarella se aferraba a mi tirando y engulléndome. Pero luego me deje ir, vivir la situación al máximo, disfrutar del resto de mis sentidos, sentir, solo sentir. Concentrarme en el placer único y exquisito.

Pronto sentí que su boca adquiría un ritmo distinto, acompasado pero tragándome con más ímpetu, a la vez que escuchaba sus gemidos. La escena podía verla perfectamente en mi mente. Ella, con las piernas extendidas, dejándose caer hacia atrás sobre el falo de Pygar y en el rebote meterse todo mi sexo en su boca.

Mi imaginación se desbocaba por momentos. Intentaba imaginármela, excitada por la situación. Ese cocktail explosivo de, por un lado, la abstracción absoluta del macho reducido a su miembro, un juguete de placer, el juguete del placer a su disposición total y absoluta sin intermediarios, y,  por otro, el jugar a lo desconocido, aunque seamos conocidos, tu cabeza puede volar y crear la situación más morbosa e inimaginable.

La imaginaba concentrándose en los sonidos que se amplificaban, no solo por no ver, sino por la caja de resonancia del habitáculo. Nuestros gemidos que guiaban sus manos, su boca, su lengua que sentía en mi glande como si saborease el mejor de los manjares y que, a cada sonido de admiración mío, cambiaba el ritmo, el lugar donde se posaba, la presión….

Junto con los chasquidos de su boca y de su sexo, sus gemidos y los nuestros, se escuchaba una deliciosa y sensual sinfonía de la cual ella era la directora. Le gustaba jugar a ello y, según movía su cuerpo o su boca con diferente intensidad, así respondíamos nosotros, como acompasados miembros de un coro lascivo y gutural.

De pronto su boca se apartó de mi, esa boca aterciopelada, esa caricia húmeda y cálida, esos toques certeros de una lengua sabia, esos labios apresadores. Me quedé un instante sin respirar , escuchando, esperando, anhelando. De pronto su mano me tomó de nuevo, tiró suave pero firmemente de mi, estimulándome arriba y abajo y ahí lo sentí.

Mis sentidos se abrieron al máximo al notar en la punta de mi glande una caricia distinta a la de su boca. Una caricia doble que se deslizaba voluptuosa a cada lado, una suavidad especial y distinta a todo.  Con su mano aferrada a mi miembro, lo deslizaba por su vulva una y otra vez, bañándome, humedeciéndome. Ese clic-clic, ese sonido tan inconfundible, tan enervante. Más lejos, se oía sus gemidos acompasados con los chasquidos de su lengua sobre el falo de Pygar.

 –Clávatela -gruñí. Quiero sentirte.

Sentí al instante la caricia del delicioso guante de seda que se iba deslizando, rodeándome lentamente, a la vez que se abría para recibirme. Esa caricia envolvente y única, ese deslizarse piel con piel tan íntimo, hasta sentirme totalmente apresado, engullido. Y así es como quería estar, así es como quería sentir. Apretaba mis glúteos para crecer más y, así, poder sentir más ceñida su caricia, más profunda.

Ella se dejaba caer basculando hacia mi. Podía oír y sentir el golpe de sus nalgas contra la pared que vibraba.  A cada golpe, la caricia envolvente era más húmeda, más ardiente, más ceñida. Su cuerpo se acoplaba al mío a cada embate, buscando su placer que era el mío. Podía sentir el fondo, pero quería llegar más allá y ella también, por la forma en que se lanzaba contra mí como una ola embravecida estallando contra las rocas.

Al otro lado pude oír a Pygar gimiendo a voces “me corrooooo, me voyyyyyy, mi amor. No puedo más…” entre gemidos  y espasmos guturales. Afiné el oído para escuchar los últimos lengüetazos, los últimos besos succionadores que me enardecían más todavía.

Barbarella comenzó a gemir con la boca llena, gemidos que sonaban apagados, a la vez que su ritmo contra mí enloquecía, mientras durante un segundo, en el momento de tenerme completamente dentro, se quedaba ahí  suspendida.

A cada gemido más largo también aumentaba ese instante de total posesión. Hasta que pude sentir la vibración que transmitían sus piernas al temblar y se detuvo totalmente conmigo en su interior.  Yo sintiendo sus pálpitos, ella sintiéndome totalmente mientras ceñía su abrazo íntimo.

Tras unos instantes de jadeos oxigenantes, se deslizó apartándose de mí. De nuevo sentí sus labios, de nuevo sentí su boca.

Me vas a beber? -pregunté entre dientes.

Quiero beberte niño, ¿me lo vas a dar?  -oí al otro lado de forma acuciante mientras sentía su mano masturbarme y mi glande apoyado en su lengua. Imaginarme su boca en ese instante, imaginarla acuclillada frente a mi miembro fue suficiente para que comenzara a gruñir como una fiera mientras  la lava de mi volcán interior se desbordaba saliendo al exterior.

Ahora no solo pude oír, sino también sentir esos últimos lengüetazos, esos últimos besos exprimidores, esas últimas caricias prolongadas en el tiempo mientras se recupera el  pulso, el aliento, la consciencia.

Recuerdo que salimos acalorados, sofocados, extenuados, riéndonos de los coloretes que lucíamos en las mejillas, mientras secábamos nuestras frentes bañadas en sudor. Los dos agarrándola de la cintura, ella rodeando las nuestras con sendos brazos y, seguro que maquinando alguna nueva travesura…..

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