Por el Arroyo de la Angostura

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sexo al aire libre

Estará bonita la montaña ahora.

La mañana era casi de verano. Un sol limpio calentaba el camino. Al ser un día de diario la ruta estaba desierta. Sólo se oían mis pisadas, el canto de los pájaros y el murmullo de las hojas mecidas por el aire.

Estaba acalorado. El andar apurado había empapado mi camiseta y estaba deseando llegar a las pozas que el arroyo forma cerca de Cotos para darme un chapuzón. Cuando llegué, y como no había nadie alrededor, me desnudé totalmente y me zambullí en el frío agua que desentumeció mis músculos al momento.

Entre mi chapotear me pareció oír otro cercano. Me quedé un instante en silencio. No era mi eco. El chapoteo continuaba. Me acerqué para ver de dónde provenía y, de pronto, te vi, como una maravillosa aparición.

El sol iluminaba tu piel mojada que centelleaba deslumbrándome. Recostada sobre el agua, tus pechos emergían de ella sensuales. Disfrutabas como yo del baño solitario.

No me atrevía a romper el hechizo ni a disturbarte en tu momento de quietud e intimidad, pero el ruido del agua al cambiar de postura me delató.

Te incorporaste para ver de dónde provenía el ruido y me viste.

-¡Buenos días! -dijiste con naturalidad. -Está fría, ¿no te parece?

-Ahora ya no tanto -contesté mientras mis ojos se deslizaban acariciantes por tus pechos, recreándose en tus pezones erectos por el agua, y regresando a tus ojos para mantener, ambos, una intensa y reconocedora mirada.

Me acerqué sin invadir tu espacio e iniciamos una conversación trivial sobre el tiempo, nuestras aficiones. Tú eras de Brahms. A mí, del romanticismo, apenas me gustan unos Lieder de Schubert y su famoso quinteto La Trucha. Yo soy más de Bach y sus Pasiones y de Beethoven y su Pasión. Te prometo oír más música romántica entre risas.

Salimos del agua dispuestos a tumbarnos un rato en la mullida hierba a tomar el sol y te doy la mano para ayudarte a salir. De un impulso, tu cuerpo se viene contra el mío en un abrazo imprevisto y excitante. Por un instante, eterno, permanecimos así, piel contra piel, volcados el uno en la mirada del otro.

Deshice la situación rápidamente al notar un cosquilleo en mi vientre, preludio de una inmediata erección, que seguramente comenzaste a notar contra tu piel desnuda. Me tumbé como pude boca abajo, mientras que tú, con una sonrisa traviesa, te tumbaste a mi lado. Sibilinamente pegaste tu redonda cadera a la mía en una caricia cálida y aterciopelada.

Me mirabas golosa.

-¿Qué pasa? – te pregunté.

-¿Qué es lo que ocultabas tan rápidamente? ¿Acaso no quieres que lo vea? –dijiste con cierta lascivia en los ojos.

-Aún no, golosa -contesté mientras mi dedo se deslizaba por tu tostado hombro buscando tu delicada clavícula.

-Tendré que desplegar mis armas para descubrirlo -susurraste bajando tus ojos a mis labios y acercando los tuyos hasta poder sentir tu cálido aliento. Tus labios todavía húmedos de agua se posaron en los míos en una caricia de terciopelo.

Mi mano se fue acercando a tu pecho, deseado desde el primer momento que lo vi fulgurante al sol. El deseo se fue apoderando de nosotros. Tu cuerpo comenzó a ceñirse al mío sinuosamente. Pronto nos encontramos como dos caracoles en su maravilloso y lento baile sensual.

Tu mano se deslizó entre nuestros cuerpos buscando mi sexo palpitante.

-Esto es lo que quería encontrar -dijiste con una mirada cargada de morbo.

Yo besaba tu cuello en un delirio de labios. Estábamos solos y acompañados a la vez de la maravillosa naturaleza. Escenario ideal de nuestro encuentro.

– Me encanta tu aroma, me gusta tu perfume -susurré.

-No llevo perfume -sonreíste con un rubor de rosas en tus mejillas.

Comenzaste a sentir mis cálidos y húmedos besos más abajo, deslizándose hacia tus pechos delicados, bordeándolos, dibujándolos, acariciándolos. Tus redondos y oscuros pezones reaccionaban procaces a mis caricias. Tu cuerpo se volvía fuego y pasión. El deseo comenzaba a envolverte en un halo de placer.

Pronto sentí tu mano dirigirme a ti, a hacerme dueño de tus entrañas y, a la vez, tan poseído por tí. Tan tuyo, tan mía. Tan íntimos ahora. y hace apenas unos instantes tan desconocidos. Nuestros cuerpos se reconocieron desde el primer momento, se gustaron, se recrearon el uno en el otro, como almas gemelas.

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