Extraños en un tren

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sexo en un tren
En mi época de estudiante me recorría España en tren. Trenes nocturnos, animados, gente deseosa de charlar, de conocerse, de aventuras. En uno de esos viajes me dirigía a Santiago a pasar un fin de semana con unos amigos. No había plazas en segunda por lo que tuve que coger un billete de primera pese a que mi economía era exigua.

El compartimento estaba vacío de lo cual me alegré. Así podría dormir estirado toda la larga noche que tenía por delante. Me puse a leer a gusto esperando la salida del tren. Al rato se abrió la puerta deslizante. Yo miré algo contrariado. Mi gozo en un pozo pensé, algún pesado con olor a pies seguro que me toca. Pero mi intuición había fallado esta vez.

Al contrario, una preciosa chica de larga y rizada melena oscura entraba sonriente. -Hola. Qué bien que no hay más gente, comentó. – Hola. De momento no, espero que seamos los únicos y no se llene. Contesté.

Laura que así se llamaba era muy dicharachera. Unos años mayor que yo y con mucho más mundo por aquella época. Al rato de salir el tren ya prácticamente sabíamos todo el uno del otro. Estábamos muy a gusto charlando. Desde el primer momento conectamos. Nos fuimos a la cafetería a tomar algo y allí seguimos hablando un rato largo.

De vuelta al compartimento nos organizamos para descansar un rato. Estiramos los asientos de manera que se juntaran. Como siempre la calefacción no funcionaba bien y nos sentamos uno enfrente del otro tapados con las mantas, las piernas muy juntas. En la penumbra del vagón continuamos charlando en voz baja.

Laura deslizó la conversación hacia el lado picante. Bromeando con el frío, cada vez sentía sus piernas mas pegadas a las mías y yo juntaba las mías a las de ella. Al instante su pie estaba jugueteando sobre mi paquete y yo tenía el mío totalmente encajado en su cálida entrepierna.

Era más de medianoche. Todo el vagón estaba en silencio, tan sólo se oía el traqueteo del tren que hacía la situación más sensual y excitante. Con el jugueteo del pie de Laura sobre mi bragueta enseguida tuve una erección imponente. Laura excitada comentó que quería verlo. Se incorporó bajo la manta y se dispuso presurosa a desabrocharme el pantalón. Al instante tenía mi polla entre sus dedos. Primero se dedicó a observarla con reflejos azulados de la luz del compartimento. La acariciaba con cara golosa mientras decía lo bonita que era.

Yo no podía más. Deseaba sentir su lengua ya. Así se lo dije y ella la acercó deslizándola despacio de abajo a arriba. Qué mamada más deliciosa! Todavía la recuerdo como si fuese ayer. Suave, lenta, placentera. Qué boca de terciopelo tenía. Era la primera vez que me la comían con tanta dulzura y entrega.

Yo impetuoso no quise ser menos. La tumbé sobre el asiento y bajé sus mallas negras de moda en aquellos años que marcaban su coño deseable. Estaba cálido, húmedo, su aroma me excitaba. Hundí mi boca en aquella fruta deliciosa. Por aquel entonces no era yo muy experto en estas lides. Mi lengua y mis labios eran aún torpes en sacar el máximo partido a una buena comida de coño.

Laura paciente me guió. En una clase magistral. En seguida cogí el truco, era muy fácil, simplemente es desearlo. Y poner todos los sentidos en ello. El premio fue espectacular. La primera vez que una mujer se corría en mi boca. Yo sorprendido como el niño que toca la tecla de un juguete y este reacciona de forma sorprendente. Realmente emocionante.

Laura se vino sobre mi. Agarró mi miembro en semierección y masturbándome, en seguida lo puso en órbita de nuevo. Tomándolo delicadamente entre sus dedos lo guió a su rajita empapada por mi saliva y sus jugos del orgasmo reciente. Me cabalgó despacio, recreándose. Sintiéndome hasta que explotó en otro delicioso orgasmo. Yo espoleado al verla así me aferré a su culo redondo y comencé a follarla cada vez más duro hasta que exploté dentro de ella.

Se tendió sobre mi y nos fundimos en un largo beso todavía dentro de ella. Disfrutando juntos. Pronto el tren hizo una parada y nos separamos aunque permanecimos juntos bajo la manta. Una vez que reanudamos la marcha y al ver que no había movimiento en el vagón y que nadie entraba en el compartimento para suerte nuestra continuamos jugando y charlando. Hicimos el amor un par de veces más, acabamos totalmente desnudos y abrazados bajo las mantas, dormidos hasta que la luz del día nos despertó a tiempo de vestirnos antes de llegar a nuestro destino.

Intenté pedirle su teléfono pero ella puso un dedo sobre mis labios y se despidió con un largo y jugoso beso dejándome una inolvidable mirada de gratitud y complicidad. No supe más de ella desde ese momento. Pero seguirá por siempre en mi recuerdo y en mi corazón.

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