El Río

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pasión el el río

Es verano en el campo. Un grupo de adolescentes corre por las callejas del pueblo hacia el río. Eres tú y tus tres mejores amigos.
Los tres están locos por tí y tu coqueta no te decides por ninguno. La verdad es que te gustan mucho los tres y no querrías tomar partido por uno y romper esa bonita amistad.

Llegáis corriendo a vuestro lugar secreto, un remanso del río alejado de las miradas ajenas, y sin parar de correr y gritar os vais quitando la ropa hasta zambulliros en el agua totalmente desnudos. Jugando a bucear pasando entre las piernas de los otros, tú te deslizas entre ellos como una pequeña nutria escurridiza. Los roces son continuos, entre risas las manos acarician aquí y allí apenas sin malicia. Interiormente estáis excitados cada uno de vosotros, pero mostráis cierto pudor con disimulo.

Te alejas nadando del grupo y te encaramas a una pequeña roca en medio del río. Te tumbas al sol, notas la piedra caliente en tu espalda y te hace sentir muy a gusto. Tu respiración entrecortada por el ejercicio hace elevarse tus pechos hacia el cielo voluptuosamente.

Tus amigos te observan con deseo. Dos de ellos alcanzan la roca y se tumban también a tu lado. Piel contra piel pues es pequeña. El tercero se encarama a otro pequeño peñasco enfrente del vuestro. Entre bromas, los dos amigos comienzan a hacerte cosquillas y caricias. Tú protestas sin mucha convicción. Tras un rato de juegos permanecéis serios. El más moreno te mira con sus ojos negros y recoge tus labios entre los suyos saboreándolos como una fruta madura.

Mientras el rubito con cara de pillo ha dejado su mano sobre tu vientre, una mano cálida que comienza a moverse hacia tu pecho y lo alcanza hasta abarcarlo por completo. Al mismo tiempo la mano del moreno se recrea en el interior de tus muslos y sube lentamente hasta tu pubis. Estás temblando de excitación. Te incorporas un poco y ves los miembros hinchados de tus compañeros de juegos. Casi sin pensarlo coges cada uno entre tus manos y comienzas a acariciarlos. Las caricias de ellos se vuelven más viriles, ya no tan tímidas. Alternativamente besas a uno y al otro, muerdes sus labios, saboreas sus lenguas.

Enfrente, en la otra roca, el más tímido, te observa con sus profundos ojos verdes mientras se masturba lentamente…
Clavas tus ojos en los suyos llenos de deseo. Mientras, tus otros dos amigos, te levantan en vilo y te ponen de pie. El moreno se pone tras de ti, abre tus nalgas redondas y te penetra suavemente. Sientes como va entrando en ti. Un mareo dulce te envuelve. Sus manos sujetan tus caderas virilmente y comienza a bombear en lo más profundo de ti.

A la vez el chico rubio continua besándote y acariciando tu cuerpo con sus manos inexpertas. Tu coges una de ellas y le diriges los movimientos sobre tus pechos hinchados de adolescente. Poco a poco diriges tu mano hacia abajo hasta llegar al pubis alfombrado de vello suave. Con tu mano coges sus dos dedos medios y presionandolos contra tu clítoris inicias un movimiento rotatorio que acompasas con las embestidas que sientes en tu vagina.

Ves su pene mostrando con descaro su potencia juvenil, te inclinas un poco y lo introduces en tu boca . Conserva el sabor dulce del agua del río pero con todo el calor de su fuego interno. Los gemidos de tu amigo ante las embestidas de tu lengua te embriagan y apresuras los movimientos sobre su glande que crece por momentos en tu boca. Ya notas su cálido licor explotando y exprimes las últimas gotas mientras miras su carita de placer licuado y le sonríes.

Ya el moreno no puede contener su placer y estalla en un orgasmo que te inunda las entrañas. Tu te aferras a la mano del rubio y comienzas a masturbarte ciegamente con sus dedos. Tu mirada se vuelve a cruzar con la de tu amigo, enfrente, en la otra roca. Los dos os masturbáis locamente. Un hilo invisible une vuestras mentes en una vorágine de deseo y placer que estalla en un orgasmo conjunto, sonoro y convulso.

Permanecéis un rato tumbados, abrazados los cuatro mientras os recuperáis de la intensidad del encuentro. Poco a poco os vais desperezando y os zambullís nuevamente en el agua para refrescar vuestros cuerpos ardientes. Esos dulces momentos se repitieron a lo largo de aquel maravilloso verano. Después de aquello no volviste a saber más de ellos. Pero permanecen vivamente en tu memoria y aún hoy te estremeces al recordarlos…

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