El Probador

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sexo en un probador

Se acercan las rebajas…

Me llamaste por teléfono. Querías que te acompañara a hacer unas compras. Habías visto unas cosas que te gustaban pero no sabías por cual decidirte, así que te recogí en tu casa y nos dirigimos al centro. Mientras conducía te miraba y notaba algo especial en ti. Estabas arrebatadoramente bella y sensual. Éramos amigos desde hacía tiempo, pero nuestra amistad nunca había pasado de ahí.

Habíamos salido muchas veces de fiesta juntos, nos habíamos emborrachado, reído, llorado, nos contábamos nuestros amores y desamores…pero hoy, no sé por qué, al mirarte te veía de otra manera. Desde el momento en que te subiste al coche, comencé a darme cuenta que te deseaba.

Llegamos a la tienda y mientras seguíamos charlando ibas eligiendo aquí y allá. Yo te aconsejaba con algunas prendas imaginándote vestida con ellas. Pasaste al probador con los brazos cargados de vestidos, pantalones, camisetas y  mientras yo esperé fuera, curioseando en el stand de ropa interior.

Al rato me llamaste y entré en el estrecho probador. Te habías puesto un vaquero ajustado que marcaba tu culito realzándolo. Yo admiré como te quedaba a la vez que pasaba mis manos por él como queriendo ajustarlo. Arriba te habías puesto una camiseta que marcaba fuertemente tus pezones.

Te comenté que el pantalón te quedaba genial, pero que la camiseta te sentaría mejor en otro color y salí del probador en busca de la otra, totalmente empalmado. Estar tan cerca de ti en un sitio cerrado, y tu manando sensualidad por los poros, me había excitado tremendamente.

Regresé y te di la camiseta. Antes de que me diera tiempo a salir, te quitaste la que llevabas puesta con total naturalidad. Frente a mí contemplé toda la redondez de tus pechos hipnotizándome. Luego quisiste probar esa camiseta con otro pantalón y, ni corta ni perezosa, te desabrochaste el que tenías puesto y comenzaste a bajártelo. Tu culito solo tapado por el triangulo del tanga apareció glorioso ante mis ojos.

El otro pantalón te quedaba más ceñido, tanto que me pediste que te ayudara a ponértelo. Lo cogí por la cinturilla y tiré de él hasta que poco a poco conseguí embutirte en él. Mis dedos intentaban subir la cremallera mientras rozaban tu pubis.

Reíamos nerviosamente. La tensión sexual iba en aumento. Ahora tocaba quitártelo, maniobra un poco difícil, pero muy excitante. Yo ya estaba tremendamente caliente. Me agaché y tu culo quedaba a la altura de mis ojos. Tiré con mis dedos de la cintura y comenzó a bajar lentamente dejando al descubierto tu suave piel de melocotón.

Al bajar el pantalón, la braguita bajó también con lo que quedaste totalmente desnuda de la cintura para abajo. No pudiendo resistirlo más, me abalancé sobre tu culo y comencé a morderlo y besarlo.

Tú diste un respingo pero enseguida apoyaste las manos en la frágil pared y abriendo tus piernas echaste tu culito hacia atrás.

Mi boca podía abarcar tu coño en esta posición, tierno y jugoso, de sabor embriagante. Te retorcías de placer ante mis lengüetazos. Yo no podía más. Me levanté y bajé la cremallera del pantalón a punto de reventar. Agarré mi polla palpitante y hambrienta de chochito y te la clavé hasta el fondo.

Comencé a embestirte ferozmente. Mis manos se aferraban a tu culo firme y duro. Tu gemías sin importarte que te oyeran en los probadores de al lado. Mi polla llegaba cada vez más al fondo de tu ser. Tu chupeteabas los dedos de mi mano derecha, jugando con ellos y con tu lengua. Con la izquierda acariciaba y masajeaba tus tetas endureciendo tus pezones.

Con tu saliva entre mis dedos bajé los dedos y comencé a acariciarte el clítoris mientras mi polla entraba y salía de tu acogedor coño. Cada vez lo notaba más duro y comencé a mover los dedos fuertemente sobre él a la vez que aceleraba las embestidas.

Agarraste mi mano y la mordiste fuertemente para acallar tus gritos al correrte. Yo noté las oleadas del placer en mis riñones y tuve que morderte el hombro para evitar un gruñido de placer. Los chorros de semen golpeaban contra la entrada de tu útero como si quisieran apagar el fuego que te quemaba por dentro.

Giraste tu cabeza y, sonriente, me besaste

Tenemos que ir de compras más a menudo -dijiste.

– Cuando tu quieras -contesté mirándote a los ojos.

Al final te llevaste la camiseta y el pantalón de marras, y, cada vez que te veo así vestida, no puedo evitar recordar aquella tarde en el probador.

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