Despedida de Encuentro

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por debajo de la mesa

El otro punto de vista.


A Juan le conocí por internet un día a lo tonto.

Juan es mayor que yo y tiene una vida muy distinta de la mía. Además él vive en Madrid y yo en Buenos Aires. Pero empezamos a escribirnos y a entendernos cada vez más.

Un buen día Juan me envió el comienzo de un relato suyo en el que se imaginaba cómo sería nuestro encuentro. Le dije que no siguiera porque existía la posibilidad de que coincidiésemos en Madrid y no quería adelantar acontecimientos. Me puse un poco nerviosa porque me moría de ganas de conocerle en persona y no sabría si iba a poder ser. 

Cuando ya sabía los pocos días que estaría por la capital se lo dije y comenzamos a organizar nuestros tiempos para coincidir. Yo tenía el capricho de salir de cañas por Ópera, así que en la Plaza de Isabel II que nos encontramos un lunes de sol a mediodía, justo el día antes de mi viaje de regreso a Buenos Aires. Él estaba sentado a la sombra y se levantó para darme dos sentidos besos en el límite entre la mejilla y la boca. Yo llegué puntual y un poco nerviosa. Su recibimiento me dejó igual de nerviosa. Me sorprendió y me gustó.

Fuimos por la sombra a una terraza al lado de la Ópera. La conversación sobre su vida y la mía fluía suelta y cómoda. Yo quería aproximarme a él, pero no sabía cómo hacerlo. Juan estaba sentado a mi lado y extendió su mano para tomar la mía. Empezamos a entrelazar los dedos, a acariciarnos el antebrazo, ingenuamente. Mis nervios se iban convirtiendo en una leve excitación… 

Cuando Juan volvió del baño se sentó a mi lado y me miró de frente. Su mirada era clara, interesada en mí. Estuvo un segundo sin decir nada. Entonces me incliné hacia él y nos besamos. Sentí sus labios cálidos, su lengua juguetona, una cosquilla que me recorrió la columna. Nos miramos los dos alucinados. Todo estaba siendo muy especial.

Entonces decidimos cambiar de sitio. Comenzamos a caminar abrazados. Mi mano derecha iba haciendo dibujitos en su espalda, por debajo de su camisa. Él se coló por mi cintura para comprobar la minucia de mi tanga. Sentí una chispa en sus ojos, me emocioné. Terminamos en una terracita cerca del Mercado de San Miguel. Pedimos unos calamares que comimos a medias muy golosamente. Juan exprimió sobre ellos el trocito de limón que los acompañaba mientras me preguntaba si me parecía bien. Yo le dije que sí chupándole su dedo mojado de limón mientras le miraba insinuante. Y así seguimos un rato, comiendo, bebiendo, sus manos perdiéndose en mi minifalda, mis pies descalzos enredando en sus tobillos, caricias en la nuca… Todo muy tierno y muy caliente, con muchos besos encendidos. 

Sentí cómo Juan se iba acelerando poco a poco, al igual que yo. Estábamos a punto de pagar y de decidir qué hacíamos. Elegantemente Juan me propuso “echar la siesta”. Decidimos que el Campo del Moro no era lo suficientemente íntimo y nos fuimos a unos apartamentos para citas. Fuimos en metro, en una nube de besos. Al subir las escaleras yo me adelantaba uno o dos peldaños para provocarle con el ángulo inusual que daba mi minifalda. Una mano de Juan se coló por mi entrepierna otra vez. Yo me iba derritiendo lentamente… 

Finalmente llegamos. Yo dejé caer mi bolso y me quedé de pie frente a Juan. Nos besamos con fruición mientras Juan se deshacía de mi minifalda. Me gustaba mirarle: alto, apuesto, moreno, risueño. Era una delicia dejarse desnudar entre caricias y besos. Finalmente me llevó a la cama donde yo terminé de quitarle la ropa. Inmediatamente él bajó hasta mi sexo y me llevó al cielo. Sentía su lengua con atinada puntería en mis puntos más ricos. Me quiero llevar tu olor, me decía. Y yo me volvía loca. Aproveché que parecía que Juan había saciado su sed para recuperar mi respiración y empecé a comerle a besos. Le tumbé sobre la cama y empecé por el cuello, acaricié su torso varonil que tanto me estaba gustando y seguí bajando. Quería llegar a su miembro y lo hice sin prisa. Comencé a jugar con él. Con la lengua, poquito a poco. Después con los labios. Después con la lengua y los labios. Con la yema de mis dedos también. Su falo estaba duro y brillante con mi saliva. Cada vez iba entrando más en mi boca. Sentía su energía en mí. Me encantaba ver su cara de excitado mientras yo hacía con él lo que quería. Juan era tan sensible, estábamos tan compenetrados, parecía que nos conociéramos de toda la vida. 

Después Juan me pidió que me pusiera de pie, se puso detrás de mí y me penetró salvaje y dulcemente. Mmm, yo no podía parar de gemir ni de tener un orgasmo tras otro. Hicimos el amor de mil maneras, llevados por una pasión inexplicable. Hicimos de todo. Compartimos mucho más que la cama, fue una entrega mutua a un nivel muy profundo en nuestro ser. 

Como siempre pasa cuando estás a gusto, de repente se hizo la hora de marcharnos, casi como un susto.  Desnudos en la cama nos fundimos en un cariñosísimo abrazo. Ambos teníamos compromisos que no podíamos desatender. Fuimos a darnos una ducha y cuando terminamos de vestirnos la realidad había entrado a la habitación sin llamar a la puerta. Los dos teníamos que tomar el metro en Plaza de España, aunque líneas distintas. En cuanto llegó el primer tren nos despedimos con un beso, casi sin avisar. No me gustan las despedidas, y si son largas menos aún. Me quedé con la alegría de lo vivido, sin opción para la tristeza de la despedida. Estuve varios días en una nube.

Aunque ya ha pasado un tiempo, sé que jamás voy a olvidar aquella tarde. También tengo la seguridad de que nos volveremos a ver. Desde otro punto de vista.

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